El fascismo francés en una caja de huevos

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No me lean: soy un indeseable. Pertenezco a esa peligrosa legión de forasteros que han decidido invadir el hermoso país de la torre Eiffel, el camembert y la energía nuclear, y son responsables de todos los males que lo aquejan. Por supuesto nunca me atrevería a escribir para un público compuesto por los gloriosos compatriotas de Juana de Arco, pero ustedes también son extranjeros y eso me consuela. Ni ustedes ni yo somos franceses: estamos pues al mismo nivel.

                A pesar de mis esfuerzos, mientras llega mi expulsión de la dulce patria de los derechos humanos, no puedo evitar pensar sobre lo que ocurre a mi alrededor. En este lado del Atlántico no hay ni terremotos ni tornados, pero sí, cada cierto tiempo, elecciones. Y lo que acaba de suceder en los últimos comicios europeos del 25 de mayo es un sismo de nueve en la escala de Richter, un devastador huracán al que los meteorólogos olvidaron ponerle nombre de mujer fatal: la ultraderecha xenófoba del Frente Nacional (FN) se ha convertido en el principal partido del país con casi el 25% de los votos… Veinticinco por ciento, es decir, un cuarto de los votantes.

 

        Estoy en la cola del supermercado, con cuatro personas delante de mí, y me da por entregarme a un siniestro pasatiempo. ¿Quién de los cuatro será el votante del FN? ¿La simpática viejecita de mejillas sonrosadas que no se siente segura con tanto negro por la calle? ¿El cuarentón con nariz de alcohólico al que despidieron de su empresa para llevársela a Rumanía? ¿La atractiva joven con traje de oficina cansada de pagar impuestos para pagar vuelos chárter que devuelvan a los gitanos a sus países? ¿O incluso el magrebí con un polo Lacoste, deseoso de demostrar que es tan francés como los demás?

                Hay intelectuales que todavía se empeñan en minimizar la magnitud de la catástrofe. El principal partido es la abstención del 60%, escriben, luego los votantes del FN no representan más que el 10% del cuerpo electoral… Aritmética de colegial al servicio de una cobarde negación de la realidad. A diferencia del 21 de abril de 2002, cuando Jean-Marie le Pen alcanzó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el resultado de las europeas no ha sido una sorpresa: casi todos los sondeos lo anunciaban. El único mensaje que cabe atribuir a los abstencionistas es que les daba igual que ganase el FN, o, incluso, que secretamente lo deseaban. La presencia de una vasta mayoría silenciosa y apática es la condición necesaria para los peores regímenes de la Historia.

 

 Otros analistas locales buscan justificaciones en la crisis económica, en las resistencias a la globalización, en los escándalos que han afectado a los dos principales partidos tradicionales, en el desfase entre el pueblo y las élites… Con peligrosa complacencia se tiende a insistir en la racionalidad del voto al FN y en minimizar el componente visceral y atávico: el odio al extranjero. Lo que ninguna de estas hipótesis cartesianas consigue explicar es porque en países como España, Italia o Portugal, con importantes tasas de paro y unos índices de desigualdad, pobreza y corrupción superiores a los de Francia, la extrema derecha no ha conseguido tener una presencia relevante en las mismas elecciones.

                Los extranjeros son gente extraña, taimada, imprevisible. De ahí que a mí, emigrante en Francia desde hace una década, se me ocurra buscar la respuesta al auge de la extrema derecha no en la demografía, la sociología y demás disciplinas prestigiosas, sino en un lugar a todas luces ridículo: las cajas de los huevos. Allí, desde hace años, aparece una mención de apariencia inocente: “Pondus en France”, es decir: “Puestos en Francia”.

A nadie le extraña que en una botella de mezcal se añada “hecho en México”, ni “Origen España” en una pata de jamón ibérico. Al fin y al cabo, estamos hablando de productos típicos, resultado de un savoir faire ancestral. Basta cruzar los Pirineos para que el delicioso croissant francés se convierta en un bollo indigerible y el Atlántico para que el tequila se transforme en una variante perfeccionada de la lejía… Pero, ¿un huevo? ¿De verdad hay diferencia entre un huevo francés y un huevo polaco?

 

Nótese, además, que la mención “Pondus en France” no implica que la gallina en cuestión sea francesa, sino que ha expulsado el fruto de sus entrañas en territorio galo. Cabe deducir entonces que la fértil tierra donde reposan tantos grands hommes, desde Napoleon hasta Gerard Depardieu, tiene la mágica virtud de transmutar un banal huevo en un producto incomparable, ontológicamente superior al que se consume en otros países, capaz de convertir cada omelette en una mística comunión con los ancestros…

                ¡Puro delirio!, me objetarán. ¿Y qué es el nacionalismo sino un delirio con el que se desayuna antes de convertirse en una heroica certeza con la que se asesina? Los desayunos de una honesta familia francesa de hoy en día auguran épicas exterminaciones: junto con los inigualables huevos, las cajas de cereales Nesquick – perdonen el anglicismo –, además del inevitable conejito, muestran a los niños, el futuro de la patria, una bandera francesa junto con la mención tranquilizadora de que el trigo utilizado es 100% francés; por si fuera poco, pueden regar ese delicioso cultivo local con una popular marca de leche llamada “Le lait d’ici”, es decir, “La leche de aquí”, producida íntegramente en granjas de… adivinen dónde.

 

 Por supuesto, el país que otorga su sabor único a huevos, cereales y leche no es la Francia real, ese país tan contradictorio en gastronomía como en lo demás, donde las granjas orgánicas coexisten con la agricultura mecanizada más productiva de Europa, y los restaurantes más exquisitos con una alucinante densidad de Kebabs y Mc’Donalds. No: el terruño imaginario que sublima los desayunos galos es lo que se suele llamar la France éternelle, la “Francia eterna”, olvidando que lo único eterno en la Historia es la estupidez humana.

                Esa France éternelle no vive en el presente estimulante y confuso que ha convertido a este país en el auténtico melting-pot del Mediterráneo, sino en un pasado idealizado. Pocas naciones practican la nostalgia con tanta asiduidad y virtuosismo como Francia. Su historia está llena de resplandores. Primero tenemos el de la hoguera en la que ardió la valerosa Juana de Arco, santa patrona del FN, y objeto de una veneración consensual que pocos españoles posfranquistas se atreverían a profesar al Cid o a don Pelayo.  Más tarde viene Luis XIV, le Roi Soleil, el “Rey Sol”, y luego Les Lumières, el Siglo de las Luces que sacó al orbe entero de la ignorancia.

 

Tras la luminotecnia, las mayúsculas: la Révolution, la République, l’Empire… Al llegar el siglo XX la nostalgia se vuelve aún más explícita con la Belle Époque y los Trente glorieuses, las gloriosas décadas de los 50, 60 y 70 donde había pleno empleo y los jóvenes podían jugar al maoísmo en las calles de París. Incluso a la horrible carnicería de la Primera Guerra Mundial ha sido transfigurada mediante la épica etiqueta de la Grande Guerre. Quedaba, naturalmente, el delicado problema del paréntesis entre 1940 y 1945, cuando la Alemania nazi conquistó sin ninguna dificultad el país, pero ese escollo quedó solventado brillantemente con dos conceptos complementarios: l’Occupation (que da a entender que la ignominia fue debida exclusivamente a las fuerzas alemanas) y la Résistance (que sugiere que todos los auténticos franceses lucharon contra ellas).

 El embellecimiento sistemático del pasado explica que en Francia haya surgido una profesión que no existe en ningún otro lugar: la de los “declinólogos”, periodistas e intelectuales que insisten en el declive del país y así, al tiempo que denuncian las fallas e injusticias de la sociedad francesa actual, no hacen sino reforzar entre la población la creencia en un ayer perfecto que nunca existió.

                “Existe un pacto mil veces secular entre la grandeza de Francia y la libertad del mundo”, lee atónito el turista en una estatua de los Campos Elíseos dedicada a Charles de Gaulle, ese grand homme par excellence que tiene dedicados más avenidas, plazas, aeropuertos y universidades que el peor de los sátrapas africanos. Desde los tiempos de la Revolución francesa, el nacionalismo francés ha sabido integrar una vocación universalista que le ha dado un glamour del que otros nacionalismos más pedestres nunca han gozado. En su origen la construcción europea no fue más, para muchos franceses, que un medio para mantener la influencia del país a nivel mundial. Hoy, cuando la hegemonía continental de Alemania parece consolidada y el auge de los países emergentes condena a Francia a no ser más que una potencia de rango mediano, la Grandeur gala, despojada de su retórica universal, resulta ser tan reaccionaria, cobarde, racista y provinciana como el resto de los nacionalismos de otras latitudes: el último y el primer refugio de los canallas.

                No estoy sugiriendo que Francia sea peor que otros países – es hasta probable que, con todos sus defectos, sea mejor que la mayoría. El problema es que, para una inquietante proporción de la población, es mejor que ninguno. Y ahí, en ese abismo que se abre entre lo que se es y lo que se cree ser, entre las patrias eternas y las reales, es donde surgen los peores monstruos de la pesadilla de la Historia. En la película El huevo de la serpiente el siempre magistral Ingmar Bergman analizaba los orígenes del nazismo utilizando la metáfora de un huevo de membrana tan fina que permitía observar perfectamente el crecimiento del amenazante embrión. Otro tanto cabría decir de la Francia actual – el animal del fascismo sigue creciendo a ojos vista y, si nada lo remedia, éste sí que va a ser inconfundible y escalofriantemente pondu en France.

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