Encargaré mi muerte por Amazon

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Hace unos meses Jeff Bezos, el visionario dueño de Amazon, anunció en la prensa que su empresa estudiaba el uso de drones o aviones teledirigidos. Me alegró pensar que un artefacto que  se había utilizado para asesinatos más o menos selectivos en Afganistán fuera a servir para que una pantalla de plasma, un sex-toy o incluso una novela llegaran unas horas antes a los hogares de los laboriosos ciudadanos del primer mundo. Además de reducir la insoportable frustración que siempre genera la espera de un producto que ya se ha comprado, el nuevo sistema tendría la ventaja añadida de acabar con empleos poco cualificados como el de cartero y aumentar un poco más el sueldo de ingenieros aeronáuticos y programadores.

Mi satisfacción no tardó en trocarse en inquietud. ¿Y si Amazon estuviera pensando no tanto en aumentar la celeridad de la entrega y los márgenes de beneficio como en ofrecer un nuevo servicio a sus clientes: el suicidio asistido? Mi mente, enfebrecida por la sospecha, imaginó un foro de ultratumba en donde los clientes evaluaran la eficacia de la nueva prestación: “Trabajo serio, limpio y nada doloroso. Muy recomendable”; “Buena relación calidad/precio, aunque hubiera preferido que la metralla no destrozara mi colección de porcelanas”; “Probé antes con el corte de venas y, francamente esto no tiene nada que ver. Increíblemente rápido, alucinantemente profesional. Gracias, Amazon“; “Recurrí a este servicio por recomendación de mi exmujer. Ojalá nunca lo hubiera hecho. Seguramente se trataba de una venganza. En lugar de alcanzarme en la cabeza, el dron me disparó en el estómago y estuve dos horas agonizando. Lástima que aquí no haya servicio de reclamaciones”…

Nos hacemos nuevos amigos con Facebook; Google nos muestra lo que queremos ver en la Red y, dentro de poco, gracias a sus inminentes Google Glass, también en la realidad. ¿Qué tendría de extraño que, después de controlar cada vez más aspectos de nuestras vidas, las grandes empresas de internet decidieran lanzarse por el mercado que supone el engorroso trance de salir de ella? Amazon pretende convertirse en el instantáneo proveedor de todo cuanto necesitamos, desde una tostadora o la escobilla del WC hasta las Obras Completas de Octavio Paz. En ciertas circunstancias de depresión profunda o de enfermedad terminal, la muerte es un artículo de primera necesidad. Ya va siendo hora de despojarla de sus últimos ribetes de transcendencia y de hacer de ella un producto comercial más. Y ya puestos: ¿por qué conformarse con un único tipo de muerte y no ofrecer la misma excitante variedad que exhiben sujetadores, abrebotellas y consolas de videojuegos?

Si pudiera elegir (es decir, si dejara de escribir y me dedicase a actividades más lucrativas como la finanza), llegado el momento decisivo yo optaría por una Muerte Premium, un Deceso First Class. En esta variante, reservada a los VIP con un altísimo nivel de ingresos, el ataque de los drones no tendría lugar con vulgar metralla o rutinarias bombas, sino con los mismos artículos encargados a Amazon en vida del cliente. ¿Cabe imaginar un final más glorioso? La labor inicial de destrucción de la casa (sería impensable que el contratante de semejante servicio viviera en un simple depa) se realizaría con los objetos más contundentes: el sofá de cuero comprado justo después de la boda; el home cinema 3D donde se disfrutaron tantas superproducciones de Hollywood; el jacuzzi que sirvió de aliado para practicar laboriosamente los consejos sexuales de las revistas de moda. La víctima consintiente, aterrada a pesar de todo por la violencia del bombardeo, saldría al jardín (la mansión tendría uno, naturalmente) y allí, con la cabeza levantada hacia el cielo, recibiría la descarga final. Por supuesto, sería posible escoger los últimos productos encargados de enviarnos al más allá. Por mi parte, yo elegiría morir bajo un Hiroshima de libros. Stevenson, Jack London, Julio Verne, los autores que ensancharon mi niñez, Chéjov, Kafka, Séneca, las decenas de otros que me permitieron sobrellevar la edad adulta,  me sepultarían en un túmulo de papel y tinta – ni que decir tiene que la versión Kindle sería inoperante en estos casos. Así la vida y la muerte del hombre o cliente (hoy en día ambos son sinónimos) tendrían lugar sin necesidad de salir del regazo del sustituto contemporáneo de la Iglesia maternal: la Empresa benefactora.

Habrá quien tache todo esto de puro delirio literario. Un consejo: tengan cuidado con la literatura. Uno sabe más o menos dónde empieza, pero nunca dónde acaba. Miren a Jeff Bezos: al principio vendía libros y ahora se dispone a controlar una flota mundial de drones lista para cumplir nuestros sueños – o nuestras más inconfesables pesadillas.

 

 

 

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