El que la historia siempre se repita es un alivio para los periodistas. Así, en lugar de tener que buscar ideas originales, les basta con reciclar las antiguas, aunque, eso sí, anteponiendo siempre el adjetivo “nuevo”. ¿Fukushima? Un nuevo Tchernobil. ¿Scarlett Johanson? Una nueva Marilyn. ¿Messi? Un nuevo Pelé. Los periodistas creen en el eterno retorno sin haber leído a Nietzsche y en la reencarnación sin conocer las enseñanzas de Buda. La pereza mental es más que una filosofía: es una religión.
Puesto que la crisis actual es una nueva “Gran Depresión” y la “Gran Depresión” dio lugar a la famosa “generación perdida” de Hemingway, Steinbeck, Dos Passos y compañía, es lógico que los medios de comunicación empiecen a hablar de una “nueva generación perdida”. Desde luego, no se trata ya de etiquetar a un grupo literario – hace ya bastante que a los periodistas dejó de interesarles la literatura –, sino de describir, en el caso español, a una generación – la que tiene hoy entre veinte y treinta y cinco años – que, a pesar de ser la de mejor formación académica de la historia del país, ve como sus expectativas de futuro se ven truncadas por la crisis de la deuda y el paro de masas.
No seré yo quien niegue la importancia del problema. Entre mis amigos, la mayoría de los que tiene la suerte de trabajar no conoce la estabilidad laboral y sobrevive a base de becas, prácticas y contratos precarios. Eso, a pesar de tener títulos, idiomas y demás requisitos imprescindibles en la presunta “sociedad del conocimiento” en que vivimos. Lo que ocurre es que el concepto de “generación perdida” es una de esas “metáforas que nos piensan” que no se limita a describir la dureza del mercado laboral (la cual, dicho sea de paso, también existía durante el llamado “milagro español”), sino que, de manera insidiosa, subordina el destino de una generación al éxito o al fracaso del (injusto) sistema económico en el que nos ha tocado vivir.
El mensaje subliminal es el siguiente: una sociedad sólo se realiza (es decir, “se encuentra”) en la medida en que el capitalismo puede desarrollarse sin trabas. O dicho de manera más cruda: si los bancos ganan, todos ganamos; si los bancos pierden, todos (y sobre todos los jóvenes) también. ¿Cuánto crecimiento anual hace falta para que una generación no se pierda? ¿A partir de que nivel de ingresos los jóvenes merecen ser detectados por los radares ultraliberales de la OCDE, el FMI y demás organismos internacionales que, a la manera de los dioses clásicos, deciden quién existe (quien cobra lo suficiente) y quién no?
El concepto de “generación perdida” presupone un tranquilizador paréntesis: esta generación se perderá (¡mala suerte!) pero la siguiente volverá por la senda de la felicidad que inauguraron los hijos de mayo del 68, los que pidieron lo imposible y acabaron recibiendo un buen aumento de sueldo. Así, camuflando como coyuntural lo que es estructural, se oculta el hecho de que lo que anda perdido no es una generación, sino un sistema que no sabe cómo salir del laberinto que él mismo ha construido. Quizás los primeros que recobren el rumbo sean quienes tengan valor para tomar conciencia de ello y asumir las terribles consecuencias. A lo mejor aún no hemos perdido lo suficiente como para empezar a encontrarnos.