Sobran buenas razones para pensar recurrentemente en Francia, pero esta semana ese país reclama nuestra atención por un hecho desafortunado: la reactivación de la controversia en torno del caso Florence Cassez. Son muchas las aristas desde las que puede abordarse este caso: las preguntas que levanta involucran la naturaleza de nuestro sistema de justicia (que atraviesa una crisis profunda, como revela crudamente la película Presunto Culpable); toca fibras sensibles en materia de autonomía; y puede representarse como un interesante choque de nacionalismos (la generosa Francia corre al amparo de sus hijos indefensos frente a un sistema judicial corrupto, mientras que la orgullosa patria mexicana se defiende con tesón de la intrusiva descalificación de sus instituciones por parte de las potencias extranjeras). No es mi intención adentrarme en los pormenores del caso; lo que constituye el objeto de reflexión en estas notas es la posible cancelación del año de México en Francia como resultado de este entuerto y su previsible fracaso, independientemente de que siga o no en pie. A estas alturas, los rasgos generales del caso son ampliamente conocidos: 1. Un juez desechó el recurso de amparo interpuesto por Florence Cassez, ciudadana francesa condenada en México a purgar una pena de sesenta años de prisión por su participación comprobada en numerosos secuestros. 2. El gobierno francés, en voz de su Ministra de Asuntos Exteriores y del Presidente de la República, condenó la decisión judicial y vinculó el desarrollo de este caso con otro asunto de la relación bilateral: la celebración del año de México en Francia, programada para este 2011. 3. Frente a las declaraciones de las autoridades francesas, el gobierno mexicano anunció que “no existen las condiciones para que el Año de México en Francia se lleve a cabo de manera apropiada y que cumpla con el propósito para el cual fue concebido”. Dadas las condiciones, la reacción del gobierno mexicano parece adecuada. La pretensión del presidente francés de dedicar un programa de promoción cultural, originalmente concebido para homenajear a nuestro país, a una criminal que violó las leyes mexicanas y atentó contra la libertad y la vida de ciudadanos mexicanos es simplemente intolerable. Casi sería inexplicable, de no ser por la conocida tendencia de Sarkozy de recurrir a desplantes mediáticos semejantes con afán de recuperar popularidad, búsqueda que se volverá desesperada conforme se acerquen las próximas elecciones presidenciales (a celebrarse, como en México, en el 2012). Aparentemente nos encontramos en un escenario en el que México está siendo objeto de una agresión injustificada. Sin embargo, en los párrafos siguientes intentaré demostrar que el gobierno mexicano tiene un alto grado de responsabilidad en el desenlace de este asunto y que no puede considerarse una simple víctima de la demagogia de Sarkozy, por muy chocante que ésta resulte. En más de un sentido, el naufragio del año de México en Francia resulta sintomático del rumbo errático que nuestro país ha mantenido en los últimos años y de la ausencia de un proyecto claro de política exterior. En un escenario ideal, podríamos suponer que la decisión de celebrar un “año de México en Francia” formaba parte de un programa de política exterior y que se tomó en función de su coincidencia con objetivos claramente definidos. Organizar ferias culturales de gran envergadura es una actividad costosa, pues hay que destinar muchos recursos, humanos y financieros, para concretar cada concierto, conferencia o exposición; no cabe duda, sin embargo, de que la organización de las mismas es consecuente con la persecución de objetivos legítimos de política exterior. Fomentar la cultura es un fin válido por sí mismo, que además tiene el potencial de traducirse en beneficios materiales, como la atracción de turismo e inversiones. La interrupción abrupta del programa de actividades del “año de México en Francia” conlleva costos muy altos y apunta un fracaso más en la pizarra de la política exterior de esta administración. Se podría intentar descargar en su defensa que los motivos para la cancelación recayeron en el comportamiento del gobierno francés, sobre el que el gobierno mexicano no tuvo ninguna incidencia, y pretender así lavarse las manos. En la evaluación de las propias relaciones exteriores, sin embargo, no me parece válido echarle la culpa a la contraparte. Aún cuando el comportamiento del gobierno francés sea reprobable y la respuesta inmediata del gobierno mexicano haya sido cuidadosa; la Cancillería mexicana tiene una responsabilidad mayúscula en el naufragio del proyecto por una razón fundamental: su incapacidad para anticipar una situación claramente perfilada desde antes de que se concretara la idea de un año de México en Francia. Para poder considerarla verdaderamente como tal, la política exterior no debe limitarse a ser reactiva; también debe tener una dimensión prospectiva. Desde mucho tiempo atrás había elementos de sobra para ponderar el riesgo que implicaba el caso Florence Cassez para la relación bilateral en su conjunto, incluyendo la celebración del año de México en Francia. No hay que olvidar que Sarkozy convirtió a este tema en el asunto prioritario de su visita a México en 2009, denigrando las instituciones mexicanas en el seno mismo del Congreso de la Unión y contraviniendo los acuerdos de la fase preparatoria de la visita, donde los funcionarios de Cancillería habían hecho saber con toda claridad cuál sería la posición de México al respecto y habían solicitado a sus contrapartes francesas abstenerse de otorgar protagonismo a éste asunto porque de otra manera sería inevitable llegar a un impasse. La relación bilateral quedó maltrecha a partir de entonces, incluso a nivel personal entre los mandatarios. Durante todo el 2010 hubo amagues de las autoridades francesas que indicaban una falta de voluntad para llevar el proyecto a buen puerto, ofreciendo espacios que luego no se ratificaron, por ejemplo. Un segundo elemento enturbia la historia del año de México en Francia: originalmente estaba previsto como un año colectivo para “las Américas Latinas” en ocasión de los bicentenarios; ante la negativa de varios países para participar en esta iniciativa, México tomó la batuta, atropellando en el camino las expectativas de otros países latinoamericanos. No es seguro que el año de México en Francia vaya a darse por terminado. De manera tibia y cautelosa, la Cancillería dejó abierta la posibilidad de reencauzar el proyecto en caso de que “se constate que existen las condiciones indispensables para el desarrollo del Año de México en Francia conforme a los términos en que ambos gobiernos acordaron llevarlo a cabo”. Esto no sorprende, pues la inversión ha sido cuantiosa: los eventos ya están programados, los artistas e intelectuales contratados y las habitaciones reservadas; pero aún cuando se llegara a un acuerdo para mantener la ficción de que el proyecto del “año de México” sigue en marcha, los objetivos de propiciar el acercamiento de nuestras culturas y nuestras sociedades parecen lejos de poder alcanzarse. En caso de realizarse, el fracaso del año de México en Francia se antoja irremediable. ¿Cómo evitar, por ejemplo, que los defensores de Florence Cassez, irresponsablemente azuzados por su propio gobierno, pretendan boicotear los eventos? Su cancelación efectiva también sería lamentable, pero puede tratarse de la decisión menos mala. La falla de las autoridades mexicanas radica en su incapacidad, o falta de voluntad, para reconocer que la misma decisión, ante un escenario predecible, hubiera sido mucho menos costosa varios meses atrás. Copyright de la imagen: http://storage.canalblog.com/27/04/30401/59505258.jpg