La ciudad que se asoma
Personalmente, creo que los proyectos viales que atraviesan –literal (perforan, revuelven, inmovilizan)- mi ciudad, pintan bien. Chava Flores ejemplificaba el asombro, miedo e incluso rechazo al sistema colectivo de transporte Metro en sus comienzos. No tantos años después, el Distrito es impensable sin sus siempre socorridas y saturadas líneas de metro. Aceptémoslo, muchas veces nos paraliza el miedo al cambio. Otras tantas no, de acuerdo.
En el jaloneo de la súpervía (nótese la agudísima doble acentuación que confiero al término) y autopista metropolitana, la eterna construcción de la línea dorada de metro y la expansión inusitada del Metrobús, esta ciudad se sofoca al grado de no alcanzar a asomarse a la ventana, a lo que hay allá afuera.
Quizás parte de mi alegría por los movimientos urbanos chilangos se explique por lo mismo. Yo lo veo de fuera. Tal vez no muy afuera, no muy lejos, pero mi azotea dista varios kilómetros de estos desarrollos viales. La crítica más fuerte que recibo constantemente es que, como no me afecta directamente, lo apoyo. Puede ser. Pero el hecho de que no existan ahora estas obras me afecta, sí, y directamente. La falta de rutas eficaces de transporte público provoca embotellamientos, saturación de sistemas de movilidad colectiva, empleo excesivo de automóvil y alto consumo en combustible (con su repercusión en mis pulmones y mis bolsillos). Eso sí me afecta, y pensar que, poco a poco, rutas mejor pensadas de transporte recorren la ciudad me hace alegrarme por saber que, un buen día, sí me va a tocar a mí estar dentro de este jaloneo y, cuando eso suceda, trataré –no prometo- de reflexionar con calma que el bien de mi ciudad entera está por encima del bien de mi azotea. Los reclamos medioambientales son válidos, pero no tanto los que olvidan que ciertas acciones, que para mí representan una molestia combatible, para miles de personas implicarían la simplificación y mejora de sus trayectos en gran medida.
Así, en este ajedrez metropolitano, cargo a mi Distrito como a un niño pequeño para que mire lo que pasa allá afuera. De un lado, un premio Nobel de la paz estadounidense liderando una dosis considerable de violencia pacificadora materializada en un puñadito de Tomahawks, como un rollo de cuetes de dieciséis de septiembre. Del otro, una sacudida tectónica que, además de traernos esas frases huecas “no somos nada”, “somos tan frágiles” o “es la Madre Tierra que reclama lo que le hacemos”, a los que dormimos esta ciudad todas las noches, nos recuerda una cicatriz que recordamos todavía con una pizca de respeto. Incluso para quienes no habíamos nacido todavía. Cuando se habla de ello, le tiembla el corazón y la garganta a nuestros padres y abuelos. Con tu inestable equilibrio, nos das asilo. Así, la ciudad mira con tristeza y empatía la magnitud de su piel y su coraza. Mi ciudad, que luce por dentro un destripadero vial, cierra los ojos pensativa frente a lo que pasa al otro lado del patio.