Cuando el proyecto de Los Hijos de la Malinche fue presentado en la UNAM, el Dr. Róger Bartra compartió mesa y mantel con los directores del citado proyecto. Además de hacer referencia a Octavio Paz para encontrar significado al nombre de este esfuerzo y portal, compartió reflexiones breves de la coyuntura nacional. Esto –evidentemente- dio pie a que, en la sesión de preguntas y respuestas, más de uno olvidara casi por completo el objeto de la presentación a la cual había asistido y se lanzara directo y ávido con preguntas de opinión para el Dr. Bartra. Nadie hizo intento alguno por reivindicar la sesión de preguntas y respuestas y, salvo una, todas me parecieron fuera de contexto.
Es muy probable que aquélla que rescato también salga del campo semántico que comprendía el objetivo del día pero hizo un eco bastante fuerte en mi cabeza. Palabras más o menos, la pregunta pretendía saber cuál es la generación que representamos los jóvenes en este momento. Como ejemplo fueron citadas la generación del sesenta y ocho, del movimiento de los escritores de la onda y, si mi cabeza no me traiciona, incluso a la así definida Generación X.
Aunque la respuesta se volcó del lado esperanzador de que en este sitio, sin que ésa sea necesariamente la pretensión, se produzca un espacio de naturaleza vórtex que permita el surgimiento de una generación propositiva y con fortaleza suficiente para salvar al país del naufragio, yo tomé la pregunta a título personal –sin responderla- e incluso me sentí muy triste y preocupado.
El movimiento del sesenta y ocho –acertado, exacerbado, frustrado o glorioso- representa una generación que cimbró al mundo. De manera particular, el gobierno mexicano se encargó de que ninguno de nosotros olvidara la penosa y dolorosa época olímpica. Pensar que nuestra generación pueda movilizarse, cobrar conciencia y reaccionar me parece demasiado ingenuo. Hoy no tenemos la misma hambre ni el mismo impulso, ni las ganas de hacer nada. Quizá las razones para dejar el letargo sean mucho mayores que entonces, pero son inversamente proporcionales a nuestro deseo de presionar y lograr un cambio verdadero.
No voy tan lejos. No reclamo que nosotros, hijos de la Malinche y de esa generación ruidosa y potente del dos de octubre, no seamos bravos y radicales. El problema es que tampoco demostramos gran cosa en el terreno de las ciencias, de las artes, de la más básica necesidad de estar informado y saber la verdad.
Sin más, proclamo con la más grande tristeza y sin excluirme, a mi generación como aquélla de los muertos. La de los treinta y cinco mil cuerpos y sabe cuántos mil desaparecidos en el país. Muertos de bala y de mentira. Y muertos también todos nosotros, jóvenes, cuyos cuerpos no se mueven un milímetro frente al charco de sangre que inunda nuestros vecindarios. Muertos de miedo, en algunos casos, y muertos de hartazgo, de bostezo y de indiferencia, en la gran mayoría. Estamos tan muertos que no nos preocupa ni incomoda caminar entre más muertos, leer muertos, ver y escuchar muertos. Mueren asesinos y también mueren muertos. Mueren de nuestra generación muerta y de otras generaciones que tienen mayor o menor culpa de nuestra muerte. Morimos todos mientras seguimos muriendo sentados cómodamente en nuestros sillones.
Morimos como jóvenes porque nos preocupa únicamente estar en conciertos multitudinarios, tomarnos fotografías y videos, mostrarle a todos los demás muertos en las redes sociales que, muertos, asistimos y SOMOS parte de “lo que hay que hacer”. Morimos porque nos importa más eso, el reconocimiento fatuo de otros muertos que asistir a una demostración que diera evidencia de que no estamos tan muertos como para pasar por alto la violencia cotidiana.
Tampoco somos la generación de Facebook. No. Porque el más grande temor de la era virtual es la fugacidad y permanencia. Y en eso el papel y los libros son primitivos, irreductibles y gladiadores. Habrá un momento en que ésa y todas las redes sociales crujan en sus centros digitales y sean retiradas de la red o de lo que sea que haga fluir información. Y entonces, cuando nuestras fotos, estados de ánimo, discusiones y tags se pierdan en un limbo de lo irrelevante no habrá evidencia de nuestro paso por el tiempo. Nadie nos recordará, ni por libros, ni por obras sonoras ni por movimientos ni cambios ni revoluciones ni promesas. Sabrán entonces, otras generaciones y otros tiempos, que en este lapso no hubo nada, sino una masa de muertos cuyo silencio y ausencia no alcanzan para ponerle otro nombre a una generación.