Se ha hablado mucho de las revueltas árabes en todos los sentidos. Primero fue Túnez, luego Egipto y ahora Libia. Sin embargo, este país norteafricano está viviendo una revolución “sui generis”, con Gadafi reticente a dejar el país tan fácilmente como lo hizo Mubarak o Ben Ali. La situación civil es muy confusa y no sabemos con exactitud quién hay dentro de cada bando.
Algunas fuentes apuntan que el “alto” nivel de vida de que gozaban los libios, con las necesidades básicas cubiertas por el régimen, hacía que muchos de los ciudadanos no concibieran un Estado sin Gadafi, tras décadas en el poder, y que le dieran su apoyo. Entonces, ¿por qué las revueltas? Si realmente la situación fuese esta, la población no hubiese salido a la calle con tanta decisión, como me cuenta un amigo que vive en Dubai (Emiratos Árabes Unidos). Allí los nativos gozan de toda clase de lujos que les proporciona el Estado, y no encuentran motivos para quejarse (los que sí los tienen son el alto porcentaje de inmigrantes del subcontinente indio que viven explotados en varios de los países del Golfo Pérsico). Por otro lado, por mucho que haya contratado “mercenarios” subsaharianos, como se dijo, Gadafi necesita el apoyo de parte de la población, o de lo contrario ya hubiese caído.
Entonces, ¿quién son los “rebeldes”? Cuesta mucho identificarlos, puesto que se trata de un grupo muy heterogéneo. La existencia de un Comité Nacional de Transición (CNT) ha tenido poca trascendencia política, puesto que apenas hemos oído hablar de él. Tan sólo Francia lo ha reconocido por el momento como gobierno de la oposición. Sus discordancias internas y pugnas entre sus miembros han generado una cierta incredulidad a nivel internacional, que ha impedido una clara visibilidad y legitimidad. Se dice también que es un gobierno parcial, y que no representa a la totalidad del territorio. Y es que Libia cuenta con un complejo sistema tribal, para mayor dificultad. La supuesta existencia de miembros de Al-Qaeda entre los rebeldes todavía añade más dudas a esta guerra, sobre todo para los Estados Unidos.
La intervención aliada y de la OTAN, autorizada por la resolución 1973 de la ONU, está creando una gran polémica entre los detractores de la guerra y los que veían necesaria la intervención extranjera. El problema de dicha resolución es su ambigüedad (“todas las medidas necesarias”) y también la credibilidad de los Estados que intervenían. Porque tras años de connivencia, ahora presentan a Gadafi como un dictador tirano con el que hay que acabar cueste lo que cueste. Parece cierto que estaba masacrando la población con bombardeos, pero hay que relativizar y ver con mayor objetividad estas cuestiones. La buena relación que Gadafi mantenía con los países occidentales hace paradojal este súbito ataque. Además, es bien sabido que hay muchos intereses entrecruzados en Libia que no tienen otros países como por ejemplo Bahrein –en el que se da una situación similar-, y que no se interviene en Libia exclusivamente por altruismo. A pesar de todo, es difícil obtener información fiable sobre si realmente la intervención de la OTAN está evitando la muerte de civiles. Es muy complicado determinar qué es lo mejor para la población libia, que al fin y al cabo es lo que importa. Si no hubiera tenido lugar la intervención, tal vez ahora nos estaríamos lamentando de la entrada de los tanques de Gadafi en Bengasi. Pero también es verdad que la alternativa de la guerra suena muy mal en mi cabeza. ¿Otras medidas no coercitivas hubiesen sido eficaces? Simplemente espero que esta vez el país pueda seguir adelante por su propio pie y que no tengamos otro estado fallido del que los países occidentales deban sentirse responsables.