Margaret Thatcher y los melocotoneros en flor

margaret

Si los amos acaban pareciéndose a sus perros y las esposas a sus maridos  (cambien, si quieren, “perros” por “maridos” y “amos” por “esposas”), ¿por qué no vamos a sufrir también la influencia del nombre de la calle donde vivimos?

En nuestras burocratizadas existencias modernas tener una dirección es tan importante como tener un nombre. Formularios, solicitudes, impresos y cartas hacen que ambos aparezcan indisolublemente unidos: ¿cuál de los dos es más importante para determinar nuestra identidad? No puede dar igual pasar veinte años en la madrileña calle del Desengaño que en la no muy lejana calle de la Esperanza; no es lo mismo inscribir a diario el propio nombre junto al de un asesino como el franquista general Yagüe (apodado el “carnicero de Badajoz” y propietario de una importante avenida en mi ciudad natal) que hacerlo junto al de San Francisco de Asís. A lo largo de mi vida he vivido en calles que conmemoraban una victoria militar española contra las tropas napoleónicas; al creador de los primeros grandes almacenes; a un militar adicto a Napoleón y a un antiguo profesor en las escuelas del barrio. ¿Qué clase de huella psíquica me habrá dejado esta indigesta mezcla de belicismo (francés y antifrancés), mercantilismo y pedagogía?

Semejantes preguntas me asaltan después de haber leído El letrado sin cargo y el baúl de bambú, una antología de relatos chinos de la dinastía Tang y Song. En una de esas historias Mama Li, propietaria de una refinada casa de citas, le pide al emperador disfrazado de paisano que bautice la ampliación de su negocio: “Mama Li se dirigió al Emperador para invitarle a dar nombre a la nueva construcción, nombre que quedaría colgado en un cartel sobre la puerta de entrada. Viendo el Hijo del Cielo que en el jardín de la fachada las flores de los melocotoneros no dejaban resquicio alguno al sol para pasar, propuso llamarlo “ebriedad del melocotonero en flor””. Por lo visto la delicadeza poética del Emperador no era excepcional. Los personajes de estos cuentos viajan con naturalidad del Palacio del Jade Cristalino al barrio de Nuevos Resplandores, se pasean a orillas del estanque de las Plumas Metamorfoseadas y habitan en la calle de la Unidad Primigenia. Acabamos en el dilema metafísico del huevo y la gallina: ¿los personajes son tan refinados porque viven en lugares con nombres tan primorosos, o bien los nombres primorosos son consecuencia de su refinamiento?

Después de haber disfrutado de esa onomástica exquisita, cojo mi bici para acudir a una cita en el centro de París. Tomo la rue Adrien Lesesne (un profesor, ya he dicho), donde vivo; giro a la derecha por la rue du professeur Gosset (un cirujano); enfilo el boulevard Ornano (un general); continuo por el boulevard Barbès (un coronel); alcanzo el boulevard Magenta (una batalla); tuerzo por l’avenue Lafayette (otro general)… Para entonces ya me asalta la depresión. No sólo vivimos en un cementerio, me digo; es, para colmo, un cementerio militar. Ser hombre, estar muerto y haber matado a alguien (aunque sea con un bisturí) parecen los principales requisitos para alcanzar la inmortalidad en un callejero. A falta de estadísticas, aventuraría que un cincuenta por ciento de las calles están dedicadas a militares; un treinta por ciento a políticos, emperadores y reyes a los que los primeros sirvieron; y el resto a artistas y escritores que adularon a unos y otros. Lo curioso es que mientras las calles de Europa exhiben necrofilia, las avenidas de sus cementerios no tienen nombres, sino números. Antes que dedicar calles a matanzas, heroicas o no, resulta preferible generalizar el sistema gringo que elimina el problema convirtiendo los mapas urbanos en un Sudoku para retrasados mentales.

Me objetarán que, a fin de cuentas, el asunto no es tan importante, que un ciudadano pacífico puede vivir perfectamente en la calle Francisco Pizarro y un asesino en serie en la plaza Madre Teresa de Calcuta. Es cierto y, sin embargo, un escritor no puede resignarse del todo a aceptar la irrelevancia de los nombres. En el acto de escribir siempre late la idea bíblica de que nombrar es crear, de que las palabras no son simples etiquetas que se pegan a las cosas sino poderosas herramientas que acaban alterando su esencia. Mientras nos movemos por las calles de asfalto, también circulamos por avenidas verbales que pueden llevarnos mucho más lejos que las otras, a callejones sin salida o a maravillosos rincones secretos que nunca sospechamos.

El pasado mes de junio la Comunidad de Madrid decidió bautizar un nuevo colegio público con el nombre de la recién fallecida Margaret Thatcher. Ignoro que habría pensado de la iniciativa la Dama de Hierro, tan poco amiga de lo público. Tampoco sé si los niños sabrán alguna vez quién fue esa mujer, a la que se motejó como “Thatcher, the milk snatcher” por haber suprimido la distribución gratuita de leche en las escuelas primarias. Intuyo, no obstante, que el destino de esos niños no será exactamente el mismo que si su escuela, en vez de ser bautizada por mediocres políticos cegados por la ideología, lo hubiera sido por un sensible emperador de la dinastía Tang.

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