Si en el argot de los avisos publicados en los periódicos para anunciar el deceso de una persona existiera el término “trending topic”, la muerte de Miguel Nazar Haro sería uno de ellos. A través de las esquelas, esa forma tan macabra de hacer política, empresarios y políticos que hablan de modernidad y democracia lamentaron la desaparición del símbolo de la represión. En México, el futuro se dirige hacia el pasado.
En un último intento por impugnar la impunidad de la que disfrutó en vida, los periodistas se han esmerado en ofrecer un recuento detallado de las atrocidades cometidas hace treinta años por el extitular de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Lo grave es que la constelación de personas e instituciones que hizo posible que hombres como Nazar Haro existieran sigue con vida.
La prensa ha publicado un inventario minucioso de las violaciones a los derechos humanos con las que se asocia a Nazar Haro. Según este recuento, era un hombre incansable, perverso, despiadado, paranoico, prepotente. El problema con esta caracterización es que presenta a Nazar Haro como un ser sanguinario, pese a que era un burócrata común. Es eso lo aterrador: que el frágil anciano de hoy, un tipo ordinario en su juventud, haya desaparecido y torturado a decenas de personas.
En su libro Eichmann en Jerusalén. La banalidad del mal, Hannah Arendt señala que siempre es reconfortante pensar que los acusados de llevar a cabo hechos atroces son unos monstruos. Sin embargo, advierte Arendt, lo irónico es que las personas como Nazar Haro son terriblemente normales. En eso consiste la “banalidad del mal”: crímenes inimaginables pueden resultar de personas ordinarias que no alcanzan a darse cuenta de la inmoralidad de los actos que cometen. Para Nazar Haro, como para Eichmann, lo grave hubiera sido no haber cumplido puntualmente con su trabajo. “Lo que hice fue por amor a la patria […] ¿Cuál fue la guerra y qué fue lo sucio? ¿A mí qué me reclaman?”, le dijo Nazar Haro al periodista Gustavo Castillo.
Nazar Haro no era un caso aislado, sino una tuerca más de la maquinaria priista. Las investigaciones documentales de Sergio Aguayo, Kate Doyle, Jacinto Rodríguez Munguía o Jorge Carrasco así lo han demostrado. En la era del PRI circulaba un ejército de Nazares Haros que no conocían otra vida que la de la impunidad: policías federales y locales, militares, paramilitares, agentes del servicio de inteligencia, guardias rurales, empleados de la secretaría de salud que ingresaban disidentes en hospitales psiquiátricos. En la época del partido único, los represores como Nazar Haro vivieron una vida ajena a la justicia. En un país donde el 98 por ciento de los delitos quedan impunes, lo raro hubiera sido que pisaran la cárcel.
Pero supongamos que Nazar Haro fue un monstruo, una manzana podrida. Aún así, es más aterrador pensar que parte de la estructura institucional que hizo posible que un monstruo como él existiera sigue allí. Al inicio del gobierno de Vicente Fox, Adolfo Aguilar Zinser, entonces Comisionado de Orden y Respeto y Consejero Presidencial de Seguridad Nacional, impulsó la democratización del entramado de seguridad: promovió una doctrina de seguridad respetuosa de los derechos humanos; y la creación de una nueva ley de seguridad nacional. Sin embargo, Fox se hizo el desentendido y estos esfuerzos fracasaron. El hombre que llegó a los Pinos para exterminar tepocatas y apachurrar víboras prietas, las apapachó y cogobernó con ellas. La maquinaria represiva se incorporó al gobierno del cambio.
El problema es aún más grave porque no sólo depende de instituciones sin reformar, sino de que quienes las crearon y mantuvieron amenazan con regresar. En las dos administraciones panistas, las tepocatas retomaron fuerza. Están en plena forma y posiblemente regresen a la presidencia con ánimo renovado. El nuevo PRI huele a Nazar Haro. Las esquelas lo confirman.
Quizá Nazar Haro fue un sádico. Pero es más pavoroso pensar que murió impunemente por la amnistía de facto que le otorgaron los panistas. Fox prometió un proceso de justicia transicional integral: conocer la verdad de lo que ocurrió durante la era del PRI y castigar a los perpetradores de violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, hasta el día de hoy, las víctimas siguen sin verdad ni justicia. La propuesta de crear una comisión de la verdad fue bloqueada, ha dicho Mariclaire Acosta, por panistas como Santiago Creel. Nazar Haro murió la semana pasada, pero Santiago Creel busca ser presidente.
La Femospp fue clausurada durante el sexenio de Felipe Calderón. En 2009, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas recomendó al presidente establecer una oficina para enfrentar los crímenes del pasado como una señal de que está interesado en erradicar la impunidad. Lo mismo ocurrió en 2010 cuando el Comité de Derechos Humanos de la ONU solicitó al gobierno reactivar la Femospp. ¿Y qué hizo Calderón? Nada.
Ernesto Cordero se hace llamar el candidato de la continuidad porque, según él mismo ha dicho, piensa prolongar las políticas de “Vicente Calderón”. Eso significa que, si una vez electo cumple su promesa de precampaña, la impunidad se mantendrá seis años más. La cadena de complicidades que permitió a Nazar Haro evadir la justicia sigue intacta.
Quizá Nazar Haro fue un sanguinario. Pero es igualmente perturbador saber que el día de hoy un porcentaje considerable de la sociedad mexicana lo apoyaría. Nazar Haro creó en los setenta una temible policía secreta, la Brigada Blanca, para reprimir opositores al régimen. El grupo actuaba al margen de la ley. En octubre de 2011, de acuerdo a una encuesta de Parametría, dos de cada diez mexicanos está de acuerdo en la existencia de grupos que, al margen de la ley, asesinen delincuentes.
La apertura de los archivos de la extinta DFS en 2002 ha demostrado que lo que Nazar Haro llamaba “interrogación” es en realidad lo que en el diccionario y las convenciones internacionales de derechos humanos se conoce como tortura. Y como lo han demostrado organizaciones de familiares de víctimas de desaparecidos, cientos de “interrogados” por los servicios de inteligencia jamás regresaron a casa.
Lo grave es que en un país con 45 asesinados al día las prácticas de Nazar Haro siguen vigentes. Ni la tortura ni las desapariciones forzadas son prácticas del pasado. Como lo demuestra el último informe de Human Rights Watch sobre México, los soldados y los policías, en el contexto de la guerra contra el narcotráfico, hacen uso de la tortura, desaparecen personas y realizan ejecuciones extrajudiciales.
Cuando se le preguntó qué pensaba de las acusaciones en su contra, Nazar Haro se justificó argumentando que era un patriota: defendió al país de una conspiración comunista que existía en su imaginación. ¿Qué justificación daría un represor en 2012?
De acuerdo a la Encuesta Nacional de Cultura Constitucional de la UNAM, publicada en 2011, tres de cada diez mexicanos están de acuerdo en que para conseguir información se torture a una persona detenida por pertenecer a un grupo de narcotraficantes. Y tres de cada diez mexicanos aprueban que las fuerzas de seguridad maten a una persona miembro de la delincuencia organizada aunque exista la posibilidad de detenerlo y presentarlo ante la justicia. El día de hoy, Nazar Haro no tendría que excusarse con el cuento de una invasión comunista: al menos el 30 por ciento de la población le aplaudiría. Nazar Haro no ha muerto.
Fuente de foto: Proceso/Archivo