Postal de Vacaciones

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El día que Ch. me dijo “¿y si nos vamos de vacaciones con Fanny y David?” A mí se me hizo un nudo la panza y lo primero que me vino a la cabeza fue aquel verano de 1988 cuando mis padres, tal vez por evitar dos largas semanas de mirarse las caras o simplemente para reducir costos, aceptaron compartir un departamento en Santa Teresita con la familia de Jonathan.

Jonathan decidió, jamás supe si por maldad o puro aburrimiento de hijo único, que experimentaría conmigo el despotismo de hermano mayor que tantas veces había visto en los dibujitos animados y que por falta de un integrante en su familia nunca había podido llevar a la práctica. (No me asombraría saber que Jonathan fue y sigue siendo cruel con los gatos y los sapos.)

Durante esas dos semanas, en las que probablemente mis padres pensaban hacerme un favor – yo también era hija única –, me vi obligada a hacer de tiro al blanco, a tragar hectolitros de agua de mar y a construir, por lo menos siete veces, el mismo castillo de arena.

Hubiera podido haber soportado mucho más si Jonathan no se hubiese metido con mi cucurucho de helado de crema del cielo. Nunca fui lo que se dice una “niña mandona”, sino más bien todo lo contrario, solía aceptar gustosa las reglas de los otros. Pero había una cosa capaz de despertar el Demonio de Tasmania que todo chico tranquilo lleva adentro y era: el helado de crema del cielo de las vacaciones. Podía tomarlo en las heladerías de Mercedes, mi ciudad, pero el de la costa era especial.

¡Cómo me gustaba darle lenguetazos a ese helado color Pitufo con gusto a vainilla mientras veía a los veraneantes caminar por la peatonal! Me acuerdo como si fuera hoy – y todavía aprieto los dientes – la emoción de tener entre mis manos ese cucurucho enorme y sobre él ese pedazo de cielo frío, redondo y espeso como un cumulonimbos. Ni bien puse un pie fuera de la heladería todo pasó demasiado rápido. Jonathan corriendo como un salvaje hacia mí. Jonathan con una paleta de madera en la mano. La paleta de madera contra mi helado. Mi helado en el suelo como el cadáver de un Pitufo que se tiró de un séptimo piso. Y yo llorando.

Mi madre, tal vez pensando enseñarme algo, me dio la otra paleta de madera, me dijo: “¡Micaela, peleá, peleá por lo tuyo hija! ¡No seas tan sumisa!” y me empujó. Todo pasó demasiado rápido. Yo corriendo como una salvaje hacia Jonathan. Jonathan con la boca grande abierta huyendo de mí. Jonathan resbalándose con el helado. Jonathan caído en el piso. Mi paleta de madera golpeando su espalda.   

Esas vacaciones del verano de 1988 en Santa Teresita me enseñaron que, probablemente a Jonathan también, si uno vive solo durante el resto del año por qué meterse dos semanas en una casa, que no es la de uno, con gente extraña.

El día que Ch. me dijo “¿y si nos vamos de vacaciones con Fanny y David?” todo pasó demasiado rápido y sin darme cuenta, tal vez por evitar dos largas semanas mirándonos las caras o simplemente por ahorrar costos, le dije que sí.

Durante esas dos semanas me vi obligada a hacer “cosas de pareja a la francesa”: jugar juegos de sociedad, intervenir en conversaciones sobre temas vanos que toman aires intelectuales – esas eternas escenas fetiches de película de autor – y a consumir kilos y kilos de verdura y fruta chauvinista produit en France.

Hubiera podido haber soportado mucho más, si David y Fanny no se hubieran metido con el pedazo de carne que puse sobre ese aparato que los franceses, a falta de parrilla, llaman barbecue. No soy lo que se dice una mujer mandona sino que más bien que he cultivado mi tendencia a aceptar las reglas de los otros. Pero hay una cosa capaz de despertar en mí el argentinismo más primitivo y guerreo de todos: el asado.

Para un argentino, sobre todo si se vive en un país no carnívoro – el resto del mundo – el asado es la patria. ¡Cómo me gusta morder un pedazo de carne bien cocido con gusto a vaca asada mientras veo un cielo celeste y pienso en Perón! Me acuerdo como si fuera hoy – y todavía aprieto los dientes – el cuidado que tuve al poner ese bife de chorizo importado de la Argentina sobre el barbecue y entrar a la casa durante diez minutos para ocuparme de otro asunto, indiscutiblemente, menos importante. Ni bien puse un pie en el jardín todo pasó demasiado rápido. David con mi pedazo de carne en un plato. David cortando la carne que todavía mugía. Fanny mordiendo una vaca viva. La Argentina muriéndose desangrada por el despotismo de la gastronomie française.

No sé si fue el shock ante semejante espectáculo o si el espíritu de Martín Fierro se reencarnó en mí para ajusticiar a la pobre vaca, pero de los labios de Ch. escuché la voz de mi madre que decía: “¡Micaela, peleá, peleá por lo tuyo hija! ¡No seas tan sumisa!” y me pasó un tenedor. Todo pasó demasiado rápido. Yo quitándole el pedazo de carne del plato a David. Mis manos en el cuello de Fanny. Fanny escupiendo la vaca viva. La carne nuevamente sobre el asador. El honor argentino salvado.

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