Asumida como profesión la militancia en el bien común, me quedan la música y la literatura como aficiones más poderosas y absorbentes. Son ellas las que generalmente se disputan los ratos libres. Las dos artes, música y literatura son, por principio, complementos perfectos. No desde hoy; desde siempre. Tanto los textos líricos griegos como la poesía sagrada y las lamentaciones fúnebres romanas estuvieron destinados a la ejecución cantada con acompañamiento musical. Desde las primeras celebraciones teatrales griegas con motivaciones rituales hasta las representaciones de tragedias y comedias en latín, la música tuvo un papel importantísimo. Luego llegó el seiscientos musical y la ópera reconcilió, con su Orfeo y Eurídice a las dos amantes peleadas durante el Medievo. Wagner vino, dos siglos después, a completar el eterno matrimonio subyugando los recitativos de la grand opera al servicio de la música del genio alemán. A partir de ahí fueron, como las parejas de cualquier película hollywoodense, felices para siempre. Feliz soy yo también cuando en medio del pesimismo cotidiano reaparece, con sus mejores vestidos, el dúo dinámico, el catalizador de todas mis emociones, el arte vestido de mujer, la eterna comunión entre alma y cuerpo, letra y tono, acento y silencio. Sucedió en las novelas del escritor cubano Leonardo Padura. Su serie de novelas policiacas “Mario Conde” es, me atrevo a decirlo y a firmarlo en estas páginas, lo mejor que se ha escrito en este continente en los últimos veinte años. Habrá quienes renieguen de la novela policiaca por el falso debate que a partir de ellas se ha desarrollado: que si novelas solamente divertidas, que si agotada, que si literatura menor. Ya será en otro espacio donde defienda el valor (y la necesidad) de la novela policía por sí misma. Por ahora valga decir que la virtud de Padura, además de recrear a un entrañabilísimo inspector policial de la Cuba contemporánea, es mezclar la narración con un soundtrack memorable. Entre edificios corroídos por el salitre, la Habana descrita por Padura bailotea al ritmo de las músicas que nuestro escritor propone: a veces Creedence, siempre la inefable Strawberry Fields Forever, a veces la Fitzgerald y Jack McDuff. Pero son sólo las menciones a ciertos ritmos los que nos hacen imaginar las cadencias con las que el inspector Mario Conde sobrevive al sol caribeño. Mejor aún: son los rayos de sol, las andanzas del policía y los enamoramientos que inevitablemente sufre a lo largo de la serie los que nos recuerdan, tácitamente, los compases de los Van Van, los sones espiritistas de la Sierra Maestra, los acentos de los trovadores cubanos, el hilito de voz rasposa de Benny Moré… (“pero qué bonito y sabroso bailan el mambo los mexicanos/ mueven la cintura y los hombros igualito que los cubanos”). Terminar de leer a Padura nos deja bailando en nuestro escritorio. Cuando cerramos el libro miramos a los lados, nos aseguramos que nadie haya presenciado nuestra locura por alguna ventana y entonces, seguros y envueltos en nuestra intimidad, agradecemos el lazo magnífico unificador de dos aficiones que, cuando se disfrutan al dos por uno, demuestran que, al final de todo, y pese a todo, sí vale la pena vivir. (A Leonardo Padura lo publica Tusquets. Su ciclo de novela policiaca “Mario Conde” está compuesto por seis libros que se encuentran en la colección Andanzas. El primero de ellos lleva por nombre Pasado Perfecto. En México es posible conseguir también la biografía novelada de Trotsky El Hombre que Amaba a los Perros.)