¿Por qué estoy en contra del G-20?

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Este es un texto que llevo varios meses “prometiendo”

a los defensores de la ingeniería neoliberal mundial.

 

 

Es la alfombra roja, el derroche de los Estados, los flashazos que acompañan a los presidentes y primeros ministros. Es el enervante gasto y la parafernalia total. Bueno, eso sólo es una parte; en todas las cumbres mundiales sucede eso –también pasaba con las cumbres de los No Alineados en los años sesenta, o con cualquier cumbre de Naciones Unidas, ni modo.

 

No es sólo el apantalle. Es el cinismo, es la doctrina, es esa ideología del liberalismo exacerbado, de la justificación de la desigualdad y la miseria, de la importancia del neoimperialismo y de los subimperialismos. Es, finalmente, la ingeniería de ese Sistema-Mundo que Wallerstein ya había explicado.

 

Ahora bien, decir que estoy en contra del G-20 porque representa al capitalismo sería simplista. Tendría yo que estar en contra de mi propia vida (plagada de inconsistencias capitalistas) y de tantas otras cosas que me encantan (los conciertos de rock, las olimpiadas, los mundiales, el cine comercial). Esta aclaración no supera la contradicción, lo sé, pero sí me da pie a precisar que estoy en contra del G-20, en resumen, porque es el colmo de un cinismo mundial que impide a los Estados miembros comprender un mínimo de lo que realmente afecta a las economías de millones de individuos en el planeta; estoy en contra porque el G-20, bajo su falsa idea de inclusión y horizontalidad entre las 20 mayores economías del mundo, se dedica sistemáticamente a defender un capitalismo financiero y corporativo que desgasta cual virus a los tejidos sociales, los procesos democráticos y, por supuesto, la calidad de vida de la humanidad.

 

Además, considero que el G-20 representa la cúpula de una serie de instituciones y organizaciones mundiales que, en los últimos años, han aprovechado para echar por la borda lo poco que les quedaba de contenido social para intentar subordinar la política a las exigencias del mercado (sí, estoy hablando de la Unión Europea). Es decir, el G-20 (igual que la OMC) es sólo una fachada en la que aparecen los jefes de Estado y de gobierno de los veinte países más ricos del mundo simulando que discuten, debaten y toman decisiones trascendentales, cuando, en el fondo, sucede que las decisiones ya se tomaron hace mucho tiempo –y  no precisamente por los Estados, sino por los bancos, las bolsas financieras, las agencias de crédito y de calificación de créditos y un largo etcétera.

 

Porque, ¿cuántas veces no han leído en los últimos meses que “la crisis otra vez derribó a un gobierno”? Sí, claro que las crisis económicas pueden terminar con los gobiernos, pero lo que queda implícito –y muchas veces explícito– es que las cuerdas que se jalan tras bambalinas están en las manos de los capitales financieros. Parafraseando una nota de El País, que a su vez cita a al homus politicus común europeo: “frente a la presión de los mercados financieros, en mi cargo de jefe de Estado decido que…”. Los mercados determinan, mandan, quitan y ponen gobiernos y esto no ha sido nunca tan claro como en los últimos años.


Queda claro entonces que hay una diferencia enorme: puede ser que la crisis provoque descontento social, que se traduce en las urnas con la derrota del partido en el poder (Reino Unido, Dinamarca); eso es muy distinto al hecho de que la crisis ejerza tal presión sobre el gobierno, que éste se vea obligado a cambiar el calendario electoral (y realizar ajustes estructurales de lo más nocivos). Fue el caso de Portugal y de España. Eso, a su vez, es diferente a lo sucedido, por ejemplo, en Grecia, donde los mercados, usando como voceros a la Unión Europea, a Merkel y a Sarkozy, definen el rumbo político y económico del país sin jamás consultar a la población: cuando los mercados (el capitalismo financiero, para ser precisos) hablan, los pueblos callan; cuando los altos financieros del mundo deciden, la democracia es tan sólo un montón de hojas otoñales que se irá volando con el primer soplido, o que terminará en una cloaca subterránea.

 

El G-20 cumple exactamente ese papel: ser vocero de los “síntomas y señales” que los mercados y las bolsas transmiten a los políticos. Si estamos de acuerdo en que eso sucede, y que por lo tanto los gobiernos pueden tomar decisiones radicales que los organismos económicos y financieros del mundo recomendaron, entonces estamos obligados a reconocer que la democracia, en cualquiera de sus acepciones y manifestaciones, está siendo violada. Porque incluso para los defensores de la democracia liberal no cabe la menor duda de que el hecho de que los Estados hagan y deshagan cosas (hagan y deshagan gobiernos según presiones exteriores), sin al menos alguna elección de por medio, está deteriorando profundamente la democracia –incluso la liberal-electoral, por lo que se entiende que la otra democracia, la social y participativa ya lleva mucho tiempo más en el abandono.

 

El G-20 muestra entonces un falso consenso, una idílica imagen de 20 países amigos y cooperantes que enfrentan, juntos y solidariamente, los vaivenes económicos. Ese consenso es falso por dos razones fundamentales. La primera es la falta total de representación, que es tan obvia que no abundaré en ella. Sólo diré que tener a 20 países, aún si concentran 85% del PIB mundial y 80% del comercio planetario, no es representativo, pues no debemos olvidar que hay más de 200 países en el mundo (y 193 en ONU). Si esto es representatividad y democracia es, concediéndole mucho, una democracia censataria. La segunda razón es que ese consenso que presentan los jefes de Estado obedece,  casi siempre, a la pesada influencia de los mercados financieros y del capitalismo especulador, y jamás a la verdadera voluntad de los habitantes de esos 20 países.

 

México desborda emoción porque tiene la presidencia del G-20, el derecho a definir una agenda y, por supuesto, albergar tan magno evento. Por cuestiones electorales, el evento será antes del 1ero de julio. La Secretaría de Relaciones Exteriores, dependencia del gobierno que cada vez más se ocupa de organizar eventos (y sólo de eso), concentrará toda su precaria atención en el G-20, en organizarlo y en dar una falsísima imagen de un México exitoso, bonito y bien organizado cuando de economía se trata. Y claro, por cuestiones de “seguridad”, la cumbre del G-20 será en Los Cabos, exclusivo pueblo turístico donde, se espera, los altermundistas acudan poco (porque saben muy bien ustedes que la costumbre es manifestarse rudamente ante tales cumbres de la ignominia mundial).

 

Les invito pues a boicotear, como se pueda, tal evento y, sobre todo, la idea misma de que el G-20 tiene alguna utilidad e importancia real para el 99% de la población mundial.

 

 

 

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