Éste ha sido un titular reciente en la prensa española, así como tema de varios artículos a nivel europeo, como por ejemplo Francia. La palabra “antisistema” se está poniendo muy de moda en los medios de comunicación, los cuales la emplean de modo peyorativo, creando una asociación directa con radicalismo y violencia que los receptores de los mass media poco a poco interiorizan. Esta moda ha surgido a raíz de movimientos antiglobalización, pero se ha intensificado en España con las movilizaciones de los jóvenes con la lucha contra el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), el denominado Plan Bolonia. La reciente huelga general del 29 de septiembre en España ha puesto de nuevo la palabra en boca de todos los periodistas. Los violentos disturbios que enfrentaron a diversos piquetes y manifestantes con la policía en Barcelona fueron atribuidos a jóvenes antisistema sin ningún tipo de valores. En sucesivos acontecimientos, como la visita del Papa a Barcelona, se ha vuelto a usar este calificativo para las personas que se han manifestado en contra de su llegada. El uso de esta palabra es una manera de deslegitimar cualquier protesta, tachando de violentos y antidemócratas a los que salen a la calle a defender sus ideas –contrarias al status quo-. Esta especie de temor hacia los que intentan cuestionar el sistema no es trivial. El pasado dictatorial ha dejado en España la idea de que participar en política por medios no convencionales es peligroso. Y es que Franco trató de desmovilizar a las masas, al contrario que Mussolini o Hitler, los cuales buscaban la identificación ideológica con el nacionalsocialismo y su exaltación por parte de los ciudadanos. Un paradójico pero eficaz consejo de Franco “hagan como yo, no se metan en política” parece que ha dejado huella en la sociedad española. El miedo a la extrema izquierda se ve todavía latente en las democracias liberales del siglo XXI. A pesar de todo, el auge del pensamiento antisistema que destacan los medios de comunicación no está infundado, aunque sí malinterpretado. La reciente crisis económica que está azotando con especial fuerza a España ha generado un clima de malestar que algunos colectivos atribuyen al capitalismo. La destrucción de puestos de trabajo, los sin embargo crecientes beneficios de la banca y el poder demostrado de las grandes fortunas han favorecido el nacimiento de movimientos anticapitalistas, con lemas tales como “que la crisis la paguen los ricos” o “esto no es crisis, se llama capitalismo”. Se trata de personas con ganas de cambiar la situación actual y combatir la desigualdad social que tratan de organizarse, ya sea mediante asociaciones, asambleas de barrio o incluso el partido político anticapitalista que engloba otros grupos de izquierdas. Si bien no se trata de un proyecto unitario, sí hay una cierta canalización de las ideas, la cual se refleja parcialmente en la nueva “Asamblea de Barcelona”, donde se discuten posibles acciones que hagan reflexionar a la ciudadanía y traten de dar voz al descontento social con el actual planteamiento del sistema. En definitiva, la connotación negativa de la palabra antisistema tan usada por los medios de comunicación dificulta la identificación de la población con estos movimientos, ya que como he dicho se asocian rápidamente con violencia y disturbios. Esta denominación da rienda suelta a las fuerzas de seguridad para reprimir sus acciones, ya que se trata de “radicales”. Es necesaria una descriminalización de estos movimientos que rechazan el consumismo, el individualismo y el enriquecimiento de unos pocos a costa del resto para poder entender estos valores y, si acaso, escucharlos.