Dentro de la Revolución Tunecina: Segunda Parte

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El 13 de enero el presidente Ben Alí transmitió un mensaje televisado y aseguró que no estaba al tanto de la gravedad del desempleo y la violencia policiaca. Reafirmó su compromiso con la creación de empleos y las libertades individuales; esa misma noche You Tube y Al Jazeera volvieron a ser accesibles, lo cual no sucedía desde el 2007. Las personas tomaron las calles en Tunis para celebrar, cantando el himno nacional y coreando lemas de “¡Viva Ben Alí!”. En ese momento me dije a mi misma “Wow, qué cambio…debe haber sido un gran discurso”. Poco después me enteré que las celebraciones habían sido llevadas a cabo por personas leales al régimen, que buscaban restaurar la confianza en el Presidente. Los eventos del día siguiente fueron una clara muestra de que la mayoría de los tunecinos no estaban conformes. El 14 de enero ocurrió la más grande manifestación en la historia de Tunis. La avenida Bourguiba fue inundad por miles de personas que gritaban: ¡Ben Alí, asesino! Cada azotea y ventana estaba llena de testigos. Parecía que toda la ciudad observaba y esperaba. La manifestación fue pacífica hasta que las personas empezaron a irrumpir en el edificio del Ministerio del Interior. La policía golpeó a los manifestantes con macanas y disparó gas lacrimógeno a las masas. Mi compañera de cuarto y yo subimos a un poste de luz para ver los primeros disparos y las ráfagas de lacrimógeno a través del aire. Olas de personas corrieron en todas direcciones, escondiéndose entre las puertas y llenando las calles aledañas. Envolvimos nuestras mascadas alrededor de nuestros rostros para protegernos del gas, nos tomamos de los brazos y dimos un clavado hacia la muchedumbre. Entre las masas caóticas fuimos pisoteadas y pateadas, pero nunca nos soltamos los brazos. Más tarde ese día nos enteramos que las tiendas habían sido saqueadas y que la estación de tren y algunos negocios controladas de manera ilegítima por el gobierno habían sido incendiadas. Los rumores circulaban vía Twitter y Facebook diciendo que el agua de la llave estaban envenenada, que los francotiradores estaban disparando a matar y que un cambio político de gran escala estaba por suceder… Esa noche se dio a conocer la noticia de que Ben Alí había huido de Túnez y el ejército había tomado el control del país. El toque de queda fue cambiado a las seis de la tarde y la gente tenía prohibido estar afuera en grupos de más de tres personas. Los helicópteros sobrevolaron la ciudad esa noche y los siguientes cuatros días. La ciudad de apagó. Todo estaba cerrado excepto algunos mercados las primeras horas de la mañana que vendían sus productos al doble del precio normal. Se tornó imposible conseguir pan, arroz, pasta o cualquier alimento básico. Durante la tarde la ciudad se vació. La basura y los desperdicios se habían esparcido por doquier y las ventanas rotas y vacías se alineaban a lo largo de las calles. Silencio y estancamiento: ningún coche, ningún metro y ninguna persona a excepción de policías sospechosos y soldados solemnes. Cada vez que salíamos éramos observados de pies a cabeza y detenidos cada cien metros para mostrar nuestros pasaportes y revelar nuestras intenciones. El 17 de enero un nuevo gobierno de coalición fue anunciado junto con una serie de reformas profundas; libertad de prensa y liberación de presos políticos también fueron prometidas. No obstante, debido a que el nuevo gobierno otorgó puestos clave a líderes de la vieja guardia y a miembros del partido RCD – leales a Ben Alí – la gente no quedó satisfecha y las protestas continuaron. Los manifestantes gritaron “RCD dégage” (RCD fuera) e insistieron en que no se detendrían hasta que el RCD fuera disuelto. La policía fue renuente a disparar contra las masas por la recién establecida libertad de prensa y por la voluntad del ejército para defender a la gente. Cada protesta se convirtió en un enfrentamiento entre la policía y el ejército, dejando en medio a la población. Una especie de ciclo se desarrolló: la gente se reunía en el centro de la ciudad a protestar de manera ferviente bajo la protección del ejército, mientras la policía lanzaba gas lacrimógeno para dispersar a las masas. Una vez que el gas se desvanecía, las protestas comenzaban de nuevo. Un momento realmente escalofriante ocurrió cuando la policía formó un frente en una de las calles. Portaban cascos, vestían de negro y traían consigo macanas, gas lacrimógeno y ametralladoras. Al frente de la línea estaba un hombre vestido como general con lentes oscuros de aviador. Dio un puñetazo al aire como diciendo “¡Ataquen!”. Del otro costado, enfrentando a la policía, a unos 50 metros de distancia había una muchedumbre de manifestantes detenidos por los soldados. Ambos bandos se miraron frente a frente, esperando la reacción. Tomé mi cámara e intenté esconderme de manera estratégica detrás de mi compañera de cuarto y algunos peatones. En ese momento un policía notó mi cámara y corrió hacia mí gritando “¡Nada de cámaras, nada de fotos!” Algunos otros policías me señalaron y comenzaron a caminar hacia mí. Decidí arriesgarme y salí corriendo de ahí. Los próximos días vieron demostraciones menores y esporádicas. Nos habíamos acostumbrado a los sonidos de la revolución y no nos molestamos más en salir a las calles cada vez que escuchábamos gritos o disparos en el aire. Hubo algunas demostraciones pacíficas en el centro de la ciudad. La policía se quedó en los costados y permitió que los manifestantes expresaran su frustración y oposición al RCD. El 20 de enero, los ministros interinos dejaron el partido RCD de Ben Alí y su comité central fue disuelto. Algunas protestas menores continuaron a lo largo de la semana y sucesivamente todos los ministros del RCD fueron removidos, con excepción del primer ministro. La revolución había iniciado como una reacción impulsiva y visceral para convertirse en un movimiento con una voz, una misión y resultados. Hoy la vida ha vuelto a la normalidad. Las tiendas han reabierto, la gente volvió a su trabajo, el metro corre de manera normal y finalmente puedo comprar pan. Pero no todo es “como de costumbre”. Aún hay un toque de queda y mi oficina y departamento todavía están rodeados de helicópteros y soldados con ametralladoras. Si uno lo piensa, las cosas nunca “volverán” a la “normalidad” en Túnez. La “normalidad” era un gobierno corrupto y una población pasiva. La “normalidad” se caracterizaba por el miedo, la represión, la intimidación y la sumisión silenciosa. La revolución ha dado a los tunecinos una nueva voz. La gente ya no tiene miedo de expresarse de manera abierta ni de denunciar la injusticia: ya no tienen miedo de exigir la li Para leer la primera parte de esta historia visiten: http://www.loshijosdelamalinche.com/en/node/402 *Maya Foley es una crítica de arte amateur que actualmente reside en Túnez +Todas las fotos son de la autora

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