El paradigma democrático en el siglo XXI

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En los últimos dos siglos no existió en el mundo un protagonista económico o político proveniente de algún país en Asia. A pesar de haber sido líder en innovación tecnológica durante siglos y de tener una tradición de pensamiento filosófico y político digna de admiración, Max Weber argumentó que el orden confuciano chino impidió el desarrollo de una Revolución Industrial en ese país. Ello fue resultado, entre otras cuestiones, de la alta centralización administrativa y política que obstaculizó el desarrollo de elementos fundacionales del capitalismo como la propiedad privada y la libre empresa. Fue entonces cuando el mundo occidental tomó una “ventaja histórica” frente al Imperio Chino, la cual duró más de dos siglos y sólo ha empezado a equilibrarse en las últimas dos décadas.

La velocidad del avance económico chino a partir de 1978 ha cuestionado el liderazgo del mundo occidental, no sólo en materia económica sino también en términos políticos y culturales. Con ello se revierte una tendencia dominante en la historia universal de los últimos dos siglos. Se trata de un país asiático - región exótica para buena parte del mundo occidental desarrollado y subdesarrollado - que es también la continuación, o ruptura, de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, y que tiene un régimen y una tradición política no democráticos.

Incluso si consideramos que la Unión Soviética extendía sus dominios hasta regiones lejanas en Asia, la revolución que dio origen a dicho régimen difícilmente se hubiera consolidado de no haber sido por la promesa de Lenin de salir de la Primera Guerra Mundial. De la misma manera, el fundamento ideológico – mientras lo hubo – de la Unión Soviética, fueron corrientes de pensamiento occidentales adaptadas a la realidad pre-industrial de la Rusia imperial, lo cual confirmaría que la Unión Soviética fue un experimento cien por ciento occidental. Japón, que ciertamente incidió en la política internacional desde finales del siglo XIX, quedó a la merced de Estados Unidos y de su política en Asia durante la segunda mitad del siglo XX, después del trauma histórico de Hiroshima y Nagasaki. Las bases militares estadounidenses en Japón, que hasta la fecha existen, son sólo una muestra de la injerencia que Estados Unidos tuvo en ese país al término de la Segunda Guerra Mundial y de la sumisión japonesa frente a Estados Unidos a lo largo de la Guerra Fría. Guerras como la de Corea y Vietnam, que juntas superan con creces el millón de muertos, fueron producto de un momento histórico en el cual los enfrentamientos ideológicos entre Estados Unidos y la Unión Soviética ocurrían en el tercer mundo, no de una voluntad de dichos países asiáticos por reivindicar su liderazgo a nivel mundial, como ocurre hoy con los chinos.

A pesar de la enorme tentación por comparar a China con la Unión Soviética para argumentar que la centralización económica invariablemente conducirá al fracaso, debemos reconocer que la economía china ha alcanzado un nivel de desarrollo industrial y humano que la Unión Soviética nunca llegó a tener (The Economist, Democracy v China. What China Challenges, 2011), y que ello no ha implicado un atroz desequilibrio en la proporción del presupuesto militar respecto del total de la economía. Asimismo, el modelo económico chino basado en la “reforma y apertura” guarda importantes diferencias con el modelo soviético. A pesar de que en ambos casos el Estado desempeñó un papel central, en China la transferencia tecnológica desde Occidente, la apertura comercial hacia el exterior y la incorporación de elementos capitalistas como la propiedad privada y los mecanismos de libre mercado para regular la oferta y la demanda de bienes, hacen del llamado “socialismo con características chinas” o “socialismo de mercado” un experimento fundamentalmente distinto al soviético.

Aunque el proceso de reforma chino difícilmente pueda considerarse terminado, negar el éxito económico que ha tenido en las últimas tres décadas sólo puede ser producto del dogmatismo o de la necedad. Son muchos quienes siguen afirmando que al no ser China un país democrático, no puede ser un ejemplo de éxito económico. Ello deriva de una falsa comparación entre China y la URSS o entre China y cualquier régimen autoritario que haya existido previamente, de la cual se procede a argumentar que el destino histórico del proyecto reformista chino no debería diferir del de los totalitarismos o autoritarismos que lo precedieron. Dicho determinismo ignora que la mayoría de los regímenes autoritarios con los que se compara a China nunca lograron tener un desarrollo económico de semejante magnitud en un periodo de tiempo tan corto y tampoco lograron mantener al crecimiento económico como principio esencial de legitimidad durante más de tres décadas sin enfrentar constantes movimientos de oposición al régimen.

Si bien en la primavera de 1989 el Partido Comunista Chino (PCCh) enfrentó un serio cuestionamiento a su forma de hacer política, el movimiento estudiantil no tuvo la organización ni el impacto suficiente en el campo para consolidar una oposición duradera. Los resultados positivos de la reforma agraria de los años ochenta impidieron que los campesinos se unieran al descontento urbano y apoyaran un movimiento en contra del PCCh. A veintidós años de Tiananmen muchos de los líderes del movimiento están exiliados y la población china parece dispuesta a tolerar políticas autoritarias a fin de seguir con el proyecto económico impulsado por el PCCh. Algunos de los disidentes chinos son más conocidos en Occidente que en la propia China – entre los más célebres se encuentran el premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, el artista Ai Weiwei, y, para algunos, el propio Dalai Lama – lo cual ha impedido también que la disidencia se cristalice en oposición o sea capaz de hacer frente a los controles impuestos por el Partido Comunista.

No cabe la menor duda de que en China sigue existiendo una profunda centralización del poder político y que el PCCh es opresivo en lo referente a los derechos políticos y civiles de su población. Sin embargo, es igualmente cierto que su proyecto de crecimiento económico sigue avanzando de manera estable y muchos de los desequilibrios que ha provocado parecen estar entre las consideraciones del PCCh. Los enormes flujos de migración, producto de la gran desigualdad entre el campo y la ciudad, ocuparon una posición central en las metas del plan quinquenal dado a conocer a principios de este año. Si bien en otras ocasiones los planes quinquenales no eran sino métodos vacíos para ganar legitimidad, en China han demostrado ser metas económicas concretas que han sido alcanzadas y en muchos casos superadas.

Frente a dicho escenario, el panorama en el mundo Occidental parece ser muy distinto, casi opuesto. Europa no ha logrado superar los efectos de la crisis financiera internacional y enfrenta serios obstáculos para sostener su proyecto económico común. Asimismo, la representatividad, el espíritu democrático, y la capacidad de muchas de las democracias de la región para hacer frente a las circunstancias adversas han sido blanco de serios cuestionamientos. En España fueron los indignados; en Gran Bretaña el escándalo Murdoch; en Francia un falso y politizado debate sobre la identidad acompañado del ascenso de un proyecto de ultraderecha cuyas principales banderas son la salida del Euro y el discurso xenófobo antimusulmán, aunque los musulmanes representen únicamente el diez por ciento de la población francesa; en Grecia no han cesado las manifestaciones en contra de los recortes en el gasto público y hace sólo unos días se negoció el segundo rescate económico de dicho país en menos de un año; en Bélgica no se ha logrado formar un gobierno desde hace más de un año. La única economía que parece funcionar en el continente es la alemana, aunque dicho avance se ha visto opacado por las diversas crisis europeas y en particular por la crisis griega que amenaza con extenderse a Portugal, España e Italia. Mientras tanto, Estados Unidos no parece haber resuelto sus problemas financieros y su nivel de deuda – ambos resultado de los abusos especulativos de sus banqueros y tesoreros, como denuncia genialmente el documental Inside Job – lo cual ha provocado una dependencia aún mayor frente a China, su principal acreedor, y ha dividido profundamente a Demócratas y Republicanos. ¿Acaso los principales países occidentales están presenciando, como previó Aristóteles, la involución de la democracia en demagogia o, peor aún, la amenaza de una nueva forma de autoritarismo estrechamente ligada a los grandes poderes económicos?

En septiembre de 2009, cuando la crisis financiera había ya hecho eco en el mundo, el politólogo francés Bertrand Badie afirmó que ningún país estaba exento de un retroceso autoritario, incluso en Europa (Le Monde, Aucune démocratie n'est à l'abri d'une poussée autoritaire, même en Europe, 2009). Ante la evidente pérdida de representatividad de las principales democracias occidentales y la gravedad de los problemas económicos, producto de la desregulación y la especulación, debemos preguntarnos cuáles podrían ser las consecuencias de que un país no democrático, con creciente poder económico, se convierta en la primera potencia a nivel mundial, como podría suceder a lo largo de los próximos decenios.

Todo parece indicar que en el siglo XXI los polos ideológicos se dividirán entre una nueva forma de autoritarismo, sumamente eficiente económicamente y, por lo tanto, legítima ante buena parte de la población, y una democracia con visos de demagogia, que adolece de una crisis de representatividad y de una incapacidad – o falta de voluntad - crónica para hacer frente a la especulación y a la desregulación financieras. Si bien China no tiene un discurso universalista, como lo tuvo la Unión Soviética y lo tienen los Estados Unidos, su creciente influencia cuestionará los paradigmas político-económicos en el mundo y, por tanto, la noción misma de democracia, a su vez bajo amenaza en Occidente.

Imagen tomada de: www.thepoliticalcarnival.net

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