En fechas recientes, Brasil se ha convertido en un referente fundamental en el debate político interno de México. Suele enfatizarse todo lo que ellos están haciendo bien, a diferencia de nosotros, con la sugerencia implícita de que deberíamos emularlos. Hay razones de sobra para sustentar estas opiniones. Con indicadores cuantitativos, como la incorporación de treinta millones de personas a la clase media, y cualitativos, como su inclusión en el famoso acrónimo BRIC, Brasil se ha convertido en un caso paradigmático de crecimiento económico con redistribución y de inserción exitosa, aunque con cautela, en el mercado global. Tanto México como Brasil tienen capacidades suficientes para tener una participación relevante en el escenario internacional; la diferencia es que Brasil ha logrado articular un proyecto nacional que le permite aprovecharlas al máximo mientras que México sigue flotando a la deriva. No se puede subestimar el peso de la geografía para explicar las diferencias entre las políticas externas de ambos países, pero tampoco hay que perder de vista la importancia de la voluntad política. Actualmente, para fortuna de uno e infortunio del otro, en Brasil gobierna una propuesta de izquierda y en México predomina una facción explícitamente conservadora. Más allá de determinismos y comparaciones odiosas, la experiencia brasileña debe servir de ejemplo para nuestro país sobre la pertinencia de recuperar algunas preocupaciones fundamentales, como la necesidad de diversificar las relaciones comerciales con el exterior para ampliar los propios márgenes de autonomía o revalorar el papel del Estado como agente de desarrollo. Otra enseñanza invaluable del caso brasileño es su apuesta por fortalecer el mercado interno como motor de la economía. La debacle financiera de 2008 y la crisis que generó pusieron en duda muchos de los paradigmas económicos que se habían expandido durante la década de los noventa, principalmente la fe ciega en la capacidad de autoregulación de los mercados y la necesidad de mantener al Estado al margen de la economía. En muchos países, los Estados tuvieron que salir al rescate de los mercados. México, sin embargo, se mantiene fiel a recetas aprendidas en tiempos ya superados. En el contexto de globalización imperante, la capacidad de adaptación ha demostrado ser una virtud capital para impulsar el propio desarrollo, lo que no pocas veces implica tomar decisiones a contrario sensu de lo que recomendaría la ortodoxia económica. Los casos exitosos de economías emergentes, como el de Brasil, dan prueba de ello. Para lograr una recuperación cabal de la presencia internacional de México sería necesario llevar a cabo una serie de cambios radicales en ámbitos muy variados de nuestra vida pública, incluyendo el modelo de desarrollo. Esto requiere, desde luego, de una férrea voluntad política de quien ejerza el Poder Ejecutivo y de una amplia coalición que lo respalde, cosa que no existe en este momento ni es previsible en lo que resta de la administración actual. 24 de Enero 2011