Los titulares de las noticias estos últimos días (y semanas, y meses…) son similares en todos los medios de comunicación españoles: “la prima de riesgo alcanza sus máximos históricos”, “los mercados presionan la deuda española”… y así un sinfín de informaciones financieras que apenas alcanzamos a comprender la mayoría de ciudadanos. Estas cuestiones relativas a la esfera de los mercados, las bolsas y la deuda quedan tan desconectadas de la realidad social que las aceptamos porque están en la agenda política del momento, como si fuera una máxima que viniera dada, pero ante la cual nosotros no tuviéramos ninguna capacidad de maniobra.
Y realmente, así es, porque no somos los ciudadanos los actores destacados de estos titulares, sino agentes externos a cualquier tipo poder social o ciudadanía. Me refiero a organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea y las agencias privadas de rating (Standard & Poor’s, Fitch, Moody’s…). Incluso los Estados Unidos, con su debate para el aumento del techo de la deuda, tenían mucho más peso en la supervivencia del Estado español que la propia población española.
Ante esto, ¿qué podemos hacer? Reformas que den confianza a los mercados, es la respuesta que nos dan todas estas instituciones. Es decir, nuestras políticas deben ajustarse a lo que estos mercados invisibles desean, para que dejen de especular y nuestra economía no quiebre. Ah, ahora sí que vemos la relación entre todo este mundo financiero y nuestra realidad social: los recortes sí que se aplican en el terreno económico y personal. En pocas palabras, lo que hay que hacer son políticas neoliberales que demuestren que somos capaces de asumir el déficit público. Si esto es cierto, ¿por qué esta ecuación no ha tenido éxito en Grecia, donde desde hace muchos meses están aplicando estas recetas? ¿Y en Portugal? Y viendo el caso de España, ¿de qué ha servido la reforma laboral, de las pensiones y los recortes presupuestarios? Estamos todavía peor que antes de realizarlas. Tal y como expone Naomi Klein en su libro “La Doctrina del Shock”, estas fórmulas apenas han funcionado en los países donde se aplicaron. Y todos conocemos el fracaso de los planes de ajuste –si bien guardando las distancias- que el FMI impuso en países en vías de desarrollo. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en seguir con estos métodos?
En cualquier caso, ¿elegimos esto cuando votamos a nuestro gobierno? ¿En qué programa electoral leímos estas políticas? Ni siquiera los partidos más conservadores se atrevían a anunciar tales propuestas. Los métodos para acabar con la crisis eran crear puestos de trabajo y una mayor protección social a las personas en situación de exclusión social, lo cual no tiene nada que ver con los despidos que se están sucediendo en los hospitales catalanes ni con el aumento de la edad de jubilación impuesto desde el gobierno español. Estas medidas, si bien destinadas a “calmar” a los mercados, están provocando una mayor pobreza en la sociedad española, a la vez que de nada sirven frente a los ataques especulativos de nuestra deuda. Los más pobres pagan una crisis generada por los más ricos, por los bancos, por las especulaciones financieras e inmobiliarias. Y todo esto sin tener ningún poder de decisión. Votemos el partido que votemos, las instituciones de las que hablaba antes son las que finalmente imponen las directrices a seguir a nuestros gobiernos. La democracia (palabra que, no olvidemos, viene de “kratos”, poder o gobierno y “demos”, del pueblo) ha dejado de tener sentido. Hoy en día las decisiones ya no se toman en el Parlamento, si no en las agencias de rating que puntúan nuestra deuda (y que, no olvidemos, calificaban con una triple A –la nota más alta- al banco estadounidense Lehman Brothers cuando quebró). Los intereses detrás de estas agencias privadas son más que dudosos. De hecho, se encuentran en procesos judiciales en diversos países –entre ellos Estados Unidos y España- por delitos contra el mercado. Pero de todo esto poco dirán los medios de comunicación, los cuales siguen dándoles protagonismo y total fidelidad en sus titulares. Las multitudes reunidas en la Plaza Syntagma de Atenas ante el plan de rescate de Grecia, o las masas que salen a la calle en España a raíz del 15-M, son muestras de cómo el poder de la sociedad se contrapone al financiero, y de cómo se nos escapa de las manos nuestro propio gobierno, el gobierno del pueblo. Y también de cómo, en vez de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, empleamos el dinero público en salvar bancos y en saciar a los mercados. Nada más lejos de nuestra realidad.