Un universo, un referente obligado en todo lo que hago o dejo de hacer es el Valle de Guadalupe; en él nací, en él crecí. Me adelanto un poco y apunto: no he venido a recitarles las bondades del lugar con el singular arrojo y la ceremonia del viajero que recuerda su tierra. No. Se trata, por esta ocasión, de algo distinto. Hay algo de injusto en todos los trazos gruesos, en las categorías y clasificaciones apresuradas. Un vino será, al final del día, bueno o malo, y nada más. No digo, porque no lo pienso, que esté mal; estas clasificaciones tienen su utilidad aunque dejen de lado un continente entero de matices, picorcitos sexys, chocolatudeces, sudorcitos, olores a cuero o a clóset de abuelita y todo ese variopinto inventario de sensaciones que, antes de volverse sólo buena o sólo mala, componen la experiencia del vino. La experiencia del vino, no me queda la menor duda, hay que hablarla, compartirla con quien lo hizo; siempre será algo afortunado. Pero, para eso sí, creo que hay maneras y maneras. Ordeno un poco. Vino que no nos gusta, lo hay; ¿cómo decírselo al autor? El Valle de Guadalupe es pequeño, lo mismo su producción vinícola. Esto implica varias cosas; la primera, que la elaboración del vino – no en todos los casos, pero sí muchos— no ha dejado de ser ese proceso íntimo, más o menos confuso y desarreglado de gritos, desmesuras, sombrerazos, aspavientos, muecas, mil vueltas, apapaches y sacrificios obligados para quien, lo suyo, lo hace con pasión. Año con año, el viticultor de El Valle deja ir sus botellas no sin sentir que pierde algo de sí; algo que él marcó, que lo marcó a él, y que va a extrañar. No quiero sino decir que para el vitivinicultor en Guadalupe, su oficio es y significa más que sólo cascarear. Importa, y mucho. Y así llegamos a la parte en que, por fin, digo algo. Han llegado al Valle –unas veces de visita, otras para quedarse, pero se les ve con cierta regularidad— el garbo, la fanfarronería, y los grandes aires de quienes conocen. Era de esperarse, que nadie se dé de azotes. El snobismo es una práctica social. Para no darle muchas vueltas, digamos simplemente que consiste en hacerse de mucha información sobre algo para luego –y esto es lo que cuenta— empequeñecer y ningunear a los que saben menos, o al que se deje. No se trata de jugar al agitador, al iconoclasta de medio pelo que dice querer cambiar el mundo. El vino es una práctica con tufillo a status, del alto, y ni modo; es un despropósito planear la cruzada contra la snobbishness. Lo que sí quisiera hacer, sea al menos para no malgastar esta cuartilla, es recordarle al iniciado, con sus solemnes amaneramientos, su moza grandilocuencia y demás monerías, que cuando se mete con los vinos de El Valle, se mete con lo que la gente del lugar ama. Y duele. Al cabrón de la muestra del vino.