Las cosas andan agitadas en Estados Unidos, tanto como hace algún tiempo que no lo estaban. Para regodeo y venturosa contemplación de quienes ponemos mediana atención a este tipo de eventos, se han sucedido como avalancha varios cambios en política, unos más grandes que otros, pero ninguno de ellos magro ni trivial. Sólo por citar algunos, se atestiguó el histórico triunfo de la reforma sanitaria y el nuevo cuerpo, más robusto, de la regulación financiera. Aplauso ahí. Pero llegó el dos de noviembre: los republicanos tendrán al menos 239 escaños de la Cámara Baja en el próximo Congreso, terminando así con la antigua mayoría demócrata. No me malinterpreten, puede que a mí me parezca desafortunada la radiante actualidad, pero los ánimos en la democracia se comportan así, esquizofrénicos, y siempre tendrán algo de razón. De hecho, si se ojea la historia, se verá que lo ocurrido en las últimas elecciones no es sino natural, la costumbre que hace lo suyo: el triunfo en las midterms para el partido que ocupa la Casa Blanca ha sucedido sólo en dos ocasiones desde la Segunda Guerra. Quisiera mejor hablar de algunos lugares, por demás insospechados, que alcanzó la discusión pública en esta ocasión. Es normal que se les vea de repente, esos remanentes esporádicos, vagabundos de una xenofobia y un racismo gastados; los blande con desubicada torpeza la Norteamérica hillbillie, rural, sureña y, sí, blanca. Pero nunca pasa de una nostálgica excentricidad en algún pueblo perdido del sur. No así esta vez, cuando cosas como Christine O´donell, mujer de singularísimas dotes, le ocurrieron a Estados Unidos. Para sorpresa de muchos y alarma de otros tantos, en las campañas cupieron temas como la prohibición de la masturbación, la castidad como el único método anticonceptivo, la ciencia climática como un complot para dañar la actividad petrolera, la anulación de la separación entre la Iglesia y el Estado y, desde luego, la refundación de la nación, recuperándola para los americanos blancos. Lo que se propone desde el Partido del Té, dicen varios analistas, aún parece radical, y ni por accidente se ganaría la anuencia del votante medio. Pero preocupa que sean propuestas que ganen elecciones primarias, que no fueran descartadas de antemano. Las razones por las que esto es así son varias; por nombrar sólo una, de las más obvias: se vive una recesión económica, y hablar estos asuntos es más sano para la economía. Quiero decir que es más barato prohibir o permitir prácticas discriminatorias que preocuparse y pagar por el sistema de salud, por ejemplo. Andarse en discursos xenófobos ha probado tener alguna rentabilidad política, gana votos, o hay que sospecharlo: el gobierno francés –el de la libertad, la fraternidad y la igualdad— expulsa gitanos para ganarse a la derecha; los demócratas suecos en el parlamento hablan de los musulmanes como la mayor amenaza desde la Segunda Guerra Mundial; el líder del partido en Malmö dijo que habría que fusilar a los inmigrantes; se tiene a Lieberman en Israel y al Partido del Té en Estados Unidos. Ya es una tendencia, y no es menor. El debate público se está fincando en los términos del racismo, y es volverlo todo muy primitivo, así, ni más ni menos. A mí me desconcierta.