¿Es un espía, un violador, un terrorista? ¿O más bien un mártir por la libertad de información? Estas preguntas referentes a Julian Assange introducían un magnífico documental sobre Wikileaks que realizó la televisión pública sueca SVT. Wikileaks ha puesto a disposición de la población información privilegiada que pone en tela de juicio a nuestros gobiernos, pero de momento las consecuencias políticas han sido pocas, por no decir nulas. Los documentos y cablegates se han ido filtrando a través de Wikileaks y se han difundido a través de cinco grandes periódicos de España, Alemana, Reino Unido, Estados Unidos y Francia. A pesar de ser El País (diario de centro-izquierda español) uno de los elegidos, el revuelo causado por aquí no ha sido el que la gravedad de las informaciones merece. Como decía una buena amiga mía, la portada de los periódicos españoles sigue siendo la lotería de Navidad, cuánto dinero nos gastaremos en regalos… lo que de verdad importa a los ciudadanos. ¿En serio? Los abusos de poder que están llevando a cabo los gobiernos que nosotros mismos hemos elegido (y a veces ni siquiera eso) no parecen despertar más que algunos comentarios de indignación –pero siempre con resignación- entre la población. La opinión pública debería de ser un fuerte mecanismo de control, de accountability, de nuestras democracias. A menudo nos quejamos de la falta de transparencia de los gobiernos. Sin embargo, en esta ocasión hemos tenido acceso a informaciones valiosas y los grandes dirigentes no se han visto apenas castigados por ellas. Wikileaks no es un fin en sí mismo, sino un arma para democratizar la información. La idea que subyace a las publicaciones es la de que si se tiene un comportamiento inmoral, éste será descubierto y expuesto al público –como ha sucedido en el caso de la guerra de Iraq-. Se trata en realidad de una lucha ideológica a largo plazo. Tal vez la ausencia de movilizaciones tradicionales significativas como consecuencia del descubrimiento de las escandalosas actuaciones de los gobiernos se deben al campo de batalla en el que tiene lugar dicha lucha: la red. En Internet sí ha habido increíbles actuaciones de hackers y admiradores de Wikileaks que han tenido gran transcendencia; los ataques a Mastercard o a la página web de la fiscalía sueca ponen de manifiesto su poder. Se trata de un nuevo tipo de movilizaciones que poco tienen que ver con la lucha en la calle, pero que parecen el futuro. Tenemos que darnos cuenta de que la tarea de Wikileaks de poner la información en nuestras manos no termina ahí, sino que somos nosotros los que tenemos que dar el siguiente paso. Tal vez se trata de un problema de masa crítica y en realidad hay un grupo latente que sí se movilizaría si hubiera un grupo de personas que mostraran tal preferencia, pero que no lo hace al no haber iniciativas significativas. Los seguidores de Wikileaks son muchos, pero, al menos en España, no se ha tomado ninguna medida para intentar terminar con los abusos de poder que se están perpetrando ni para pedir cuentas a nuestro propio gobierno –también salpicado por las filtraciones-. El gobierno estadounidense también está usando sus cartas en esta lucha. Las triquiñuelas para ocultar las informaciones, más allá de la censura, no dejan de sorprenderme. La campaña de desprestigio, la utilización de las acusaciones de violación y abuso sexual en Suecia, el intento de extraditar a Julian Assange a Estados Unidos para juzgarlo por espionaje son algunos de los métodos que se están usando. Y estos son los que han llegado a nuestros oídos, porque los esfuerzos para acallar a Assange por otras vías menos notorias no deben de ser pocos. Acusar a Wikileaks de un ataque a la seguridad nacional es un método cínico de querer terminar con las publicaciones* . La información resulta de un interés vital para los ciudadanos y, sobre todo, para la salud de la democracia. ¿Somos espectadores, o partícipes de la sociedad? Esta pregunta se la hacía D. Domscheit-Berg, ex-colaborador de Wikileaks. Y C. Whiton, asesor político norteamericano, afirma que no es periodismo, sino una guerra política. A pesar de todo, esta “guerra” parece no tener unos claros contrincantes. No es Wikileaks contra los Estados Unidos, sino que hay otros actores que también están tomando partido. Los hackers y activistas a favor de Assange, por ejemplo, atacaron diversos organismos que entorpecían la labor de Wikileaks impidiendo las donaciones o persiguiendo a su fundador. Sea como sea, todos nosotros tenemos el deber de formar parte de ella y reaccionar ante el conocimiento de tales actuaciones, ya que, por una vez, hemos conseguido tener acceso gracias al laborioso trabajo de wikileaks. Que no sea en vano. * De hecho, después de los problemas que pudo ocasionar la publicación íntegra de documentos norteamericanos sobre la guerra de Afganistán –con los correspondientes nombre de afganos que podrían poner en peligro sus vidas- las posteriores publicaciones omitieron ciertos datos para evitar riesgos.