Hablar de Estados Unidos está de moda, aunque no por las razones más obvias: crisis de deuda las hubo antes y, seguramente, seguirá habiendo, y es normal. Lo que preocupa de la actual circunstancia, crítica si las ha habido, son los términos en que se desarrolla el debate para salir de ella; particularmente, las líneas en que se mueven los argumentos que salen desde el Tea Party. Las posturas ya fueron asumidas y son bastante claras. Unos, los demócratas, hacen camino en pos de gravar al 2% de la población más rica; otros, los republicanos, creen que lo anterior va a servir de bien poca cosa, tal vez de nada.
Vamos por partes. Los republicanos han hecho saber que el discurso demócrata les parece de muy mal gusto,esto, porque lo consideran un retroceso en la discusión pública. Class Warfare, o Guerra de Clases, así han llamado a la retórica demócrata; y es que esta “demonización” de los ricos de la que parece participar la mayoría demócrata es una cosa que no se pensaría propia de un país moderno como Estados Unidos. En un acto público, el 30 de junio, el senador por el Estado de Florida, Marco Rubio, dijo que la “Guerra de Clases” dirigida por el presidente Obama era decepcionante y punto menos que indignante; que ése era el tipo de liderazgo que habría que esperar del presidente de “un país de tercer mundo”, y no del de Estados Unidos. Quiso decir, supongo, que había que esperar algo así de Venezuela, o Camerún, por ejemplo. Bueno, pues vale la pena revisar el índice GINI, en el que Estados Unidos aparece en el lugar 64 en cuanto concierne la distribución del ingreso. Apenas mejor que Jamaica y Uruguay, y en peor lugar que, sí, Camerún. Esto, sólo para decir que no, no es disparatado el que vuelvan los discursos de clase al espacio público estadounidense.
Pero ni siquiera lo anterior es lo más inquietante. Los republicanos afirman, nunca sin un dejo de estridencia, que proponer gravámenes especiales a los más ricos es rancio, “como el socialismo”. Pasan a las cifras: de aumentarse el top marginal tax rate (los impuestos) a la “clase productiva nacional” — los ricos—, se obtendrían 700 mil millones de dólares en los próximos diez años. No vale ni el esfuerzo, pues supone apenas una pírrica cantidad del total del déficit del gobierno federal. Impuestos no, hay que recortar gastos, se clama desde las gradas republicanas. Sarah Paillin, lideresa del GOP, en entrevista el 15 de agosto, arremetió contra los National Endowments for the Arts y National Endowments for the Humanities. Las artes y las humanidades son inversiones de las que se tiene que prescindir, decía, pues son asunto sobremanera “frívolo”. Otros, desde las cámaras de los noticieros FOX, critican el que se gastara tanto como 1.1 millones de dólares en el bus del presidente Obama. ¡1.1 millones de dólares!, ¡ése es ahorro!, no así los 700 mil millones que se obtendrían implementando impuestos. Se critica el que los contribuyentes deban pagar para los gastos de la primera dama, pues se sabe que ésta ha gastado hasta un millón de dólares en viajes y actos públicos. Así, vale la pena cortar un millón de dólares en gastos pero no recaudar 700 mil millones en impuestos. Se habla también de nuevas fuentes de ingresos al cobrar cargos de estacionamiento a los empleados del gobierno federal, por ejemplo, o al anular el actual subsidio a los cacahuates; se obtendrían 280 millones de dólares de implementar las dos medidas. Me detengo ahí, creo que queda claro.
Pero los argumentos republicanos tienen otra matriz: en 2009, 59% de las familias estadounidenses no pagó impuestos —si nos olvidamos de los impuestos del medicare y el payroll, claro está—, dijo John Cornyn , senador republicano para el estado de Texas. Son familias parásito, y hay que empezar a cobrarles a ellas también. Así, la solución republicana consiste no en gravar a los ricos, sino en pedirle poquito a todos; parece sensato. Ahora veamos. Según cifras sobre la distribución de la riqueza en Estados Unidos en 2007 (Survey of Consumer Finance. Federal Reserve. Department of Treasury,2007) el 50% de la población, la de menor ingreso, concentra 2.5 % de la riqueza nacional, esto, incluyendo todo, absolutamente todo lo que poseen. Lo anterior corresponde a 1.45 billones de dólares. Quitémosles la mitad de eso en impuestos y tenemos ¡700 mil millones de dólares! Esta no es una exageración. Aumentar la tasa de impuestos al 2% más rico del país ( según cifras de Chris Edwards, director de tax policy studies en el CATO Institute, entrevistado en FOX), supone la misma cantidad de ingresos para la Federación que quitarle la mitad en impuestos al 50% de la población que gana menos. Es, insisto, preocupante que se discuta la crisis en estos términos.
Pero el asunto va aún más lejos. Se ha afianzado el estribillo, la muletilla, entre los republicanos, de que las famlias americanas pobres no son, después de todo, tan tan pobres.De las 43 millones de personas en esta situación, 99.6% tiene refrigerador, acusan los republicanos. Al parecer, es un escándalo que una familia pueda regodearse en tan negligente derroche cuando no paga más impuestos. La lista sigue, 81.4% de estas familias cuenta con microondas, el 63% con televisión por cable y 54% con teléfonos celulares. El argumento, pues, es que esta gente algo tiene, o algo le queda, y hay que quitárselo. La discusión me parece insensible, ni más ni menos. A pocos les sorprenderá que, después de discutirse todo esto, apenas 14% de la población apruebe del trabajo de sus congresistas.
El argumento lo obtuve, casi punto por punto, de Jon Steward, en el programa The Daily Show del 18 de agosto.