
Motivación
Empiezo tomándome un cafecito. Primero un sorbito sin leche, negro. Después un sorbito con y, por último, leo en lo que queda: el poso lleno de recuerdos. Recuerdos de mi tiempo en Ecuador, aunque también podría haber sido en cualquier otra parte. En el patio de la escuela los niños se dejan llevar por la alegría desbordante que les causa el mero hecho de poder disfrutar del recreo, con pelota, sin pelota, con puños volando, con palabras volando, con risas saltando y, todo esto, enmarcado en las melodías más recientes o más clásicas. Estos son los ingredientes del cóctel auditivo de un patio de escuela en momentos de recreo. Mi mirada hacia atrás se detiene en un partido de fútbol, la pelota en juego rebota mal y llega a los pies de un chico de ocho añitos. Éste, sin demorarse, empieza a tocarla como si fuera un instrumento de música, se deja llevar por los ritmos de alegría que llenan el patio. Los participantes del partido interrumpido le observan con miradas reivindicativas primero; pero, al instante, éstas se transforman en palabras: “¡Oye, negrito! ¡Pasa la pelota!” Y, de repente, ocurre algo inesperado, algo extraordinario: “¿Negrito quién? ¡Negrito tú, pues chucha, yo soy café!” La imagen se congela y sobre el recuerdo se asienta el presente. Identidad. ¿Puede uno entenderla, puede uno captarla?
A la identidad, esta paradoja que nos tiene cautivados, quiero dedicar mis contribuciones de entre cada semana y cada segunda semana.