
Juan Cristobal Rubio Badan; México, 1988
Un texto, este texto, se debe empezar de manera intempestiva, revuelta. Hay que apurar las palabras, violentarlas, forzarlas a salir aunque luzcan apachurradas; da igual, siempre y cuando salgan. Esto lo acabo de decidir aquí y ahora. Aquí, en la silla de mi sala, que como la espalda sin ensillar de mi queridísimo Platero ( el caballo de la mirada más dulce) después de una larga cabalgata, me hace desear haber nacido con las nalgas de mi vecina Doña Ceci, magníficas y rumbosas; y ahora, después de dos horas de nerviosamente magullar y zarandear palabras. No quiero parecer aguafiestas pero, desestimando hasta al más vigoroso de mis esmaltes de cursilería, he tenido que reconocerme burócrata; esto, burócrata de la escritura. Ahora soy –y que mi madre no me oiga— de los que creen que debería mudarse a la escritura a un lugar más pedestre, chabacano. Dos horas señores, y ni sombra de aquella centelleante inspiración. Nada. Como les decía, un burócrata. Ahora somos, mis nalgas y yo, un poco como Joyce, Poe y Cela: de los que creen que las musas, los soplos divinos y los ambientes propicios no son sino cuentos; para escribir hay que ponerse serios y a trabajar, procurando un arreglo más o menos aseado de palabras más o menos curiositas en el camino; así hasta el punto final. Y sí, lo más común es que los textos no sepan ofrecer más que disgustos a sus autores, pero se hace uno al ánimo y con el tiempo les agarramos el gusto, o al menos el obligado cariño paternal.
Ahí le dejo, con la confianza –que parece más esperanza— de que esto no haya salido mucho peor que el texto del vecino o del primer venido y de que al menos a alguna solterita muy mona le habrá movido el tapete
En realidad estudio política, y escribiré de política. Háganme la caridad de olvidar todo lo anterior y tomarme con mediana seriedad de aquí en adelante. Me llamo Juan.